Matar nazis. ¿Qué importan consideraciones éticas relacionadas con las contradicciones inherentes en el subgénero de acción por excelencia de la narrativa videolúdica, esto es, el shooter? Parece que siempre que lo que se mate sean nazis se nos disculpe cualquier momento de reflexión. En Wolfenstein II: The New Colossus, como en su predecesor The New Order, uno se arma de un buen repertorio de pistolones y se va a por los nazis. Nazis que hacen cosas nazis y muerden el polvo nazi. Bien, no deja de ser un acto de justicia ucrónica parecido al que practicaba Tarantino en Malditos Bastardos. Poco que reprochar. Reflexiones de corte más moral las dejaremos para otro tipo de productos expresivos.

Esa es exactamente la carta que juega Bethesda al mostrarnos un mundo en el que las tropas de Hitler ganaron la Guerra y en los años 60 aún manejan el orden social, amenazados sólo por pequeños grupos de resistencia como ese al que se acoge, de nuevo, JB Blazkowicz, avatar del jugador. Y en ese sentido -en casi todos- Wolfenstein II es un auténtico jitazo. Porque, como ya ocurrió en la mentada primera parte, o en el soberbio reboot de DOOM, apela a la máxima depuración del género para darle al jugador lo que busca: una configuración de shooter perfecta, hipercinética y cautivadora, en constante movimiento y llena de posibilidades, con un sistema de sigilo rudimentario pero satisfactorio y un uso de la descarga adrenalínica arrollador.

¿Tan bueno, pues, como The New Order? No, muchísimo mejor. The New Colossus ha trabajado sus personajes para hacerlos más profundos e interesantes aun partiendo de ciertos clichés de las historias de revoluciones (la incorporación de esa Grace Walker que es puro blaxploitation es un auténtico caramelo). Ha aumentado las cotas de humor y cafrada, combinándolos de nuevo con una historia no exenta de momentos emotivos. Ha subido la intensidad de los tiroteos, la furia de las escenas scripteadas y ha intensificado el sentido de lo megalómano. Ha perfeccionado su diseño de niveles sin perder de vista en ciertos detalles el original ochentero. Ha trabajado las ambientaciones con aún más mimo y sentido de la atmósfera y la iluminación. Ha incorporado un directo y comodísimo sistema de mejora de armas. Y ha creado un mundo más vivo, variado y divertido, escenario de masacre infinita, sí, pero también marco para algunos momentos enormemente humanos. Como por ejemplo aquel en que dos soldados nazis, inadvertidos de la presencia del jugador, charlan casualmente, preguntándose si de verdad son tan malos como algunos los pintan, si tan reprochable es condenar la violencia de los revolucionarios, si tan criticable es intentar cumplir con un trabajo honrado que no pretende hacer daño a nadie… Un momento, ¿pero no habíamos quedado en que eso aquí no tocaba? Da igual, a Wolfenstein II hemos venido a lo que hemos venido. A matar nazis.

Bombastisch.