The Witcher 3: Wild Hunt es el videojuego definitivo. Como las grandes epopeyas, es épico e inabarcable, enfermizamente minucioso en su detalle, y asombrosamente ambicioso en su concepción. El jugador, aún empequeñecido ante un universo de tales proporciones, se encuentra siempre en el centro de toda esta vorágine. Y sin embargo, aunque pueda resultar abrumador inicialmente, The Witcher 3 pronto se perfila como un juego donde lo que prima es el puro placer por la inmersión audiovisual por encima de todo lo demás. Como tal, la experiencia es inigualable. Nos adentramos en un ultra-detallista mundo pseudo-medieval, en cierto modo reconocible pero nunca antes visto a tal escala, en el que existen innumerables interrogantes a la espera de ser descubiertos. De la mano de Geralt de Rivia, el protagonista e hilo conductor de la historia, nos movemos con asombrosa soltura por todos y cada uno de los rincones de un mapa abierto de descomunales proporciones, conocemos a todo tipo de personajes, a cuál más complejo que el anterior, y resolvemos problemas, acertijos y trepidantes misiones mientras las horas de juego pasan sin que ni siquiera nos demos cuenta. Pero, por encima de todo, lo que hace grande a The Witcher es su generosidad con el jugador. Nosotros decidimos el destino de Geralt y el de los personajes que encuentra en su camino, definimos las relaciones que existen entre ellos, y establecemos cómo y por qué ocurren las cosas. O, por lo menos, así nos lo hace creer el juego a través de su narrativa engañosamente sencilla. Por ello, la sensación de control narrativo es absoluta. Cuando las decisiones que el jugador toma tienen consecuencias, algunas de ellas permanentes, la linealidad argumental se rompe y la experiencia se convierte en algo menos cinematográfico, más interactivo. En otras palabras, The Witcher explota y celebra aquello por lo que los videojuegos se deben distinguir de otros medio narrativos: la relación bidireccional entre obra y espectador.

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