Suerte a quien intente reseñar un disco de The Avalanches usando un discurso directo, sencillo y unidireccional. El second coming más esperado de la música pop en los últimos tres lustros es exactamente lo que fue su predecesor, un Since I Left You que marcó los primeros años de siglo alejándose del angst existencial que en aquel momento imperaba (y empezaba ya a estomagar un poco). Wildflower es otro caleidoscopio sonoro en permanente mutación, un cañón de confeti que se dispara en infinitas direcciones para terminar lloviendo sobre un racimo de cabezas a las que lo único que parece importar es el baile sabroso y hedonista que no quiere ligarse a ninguna época, ni a ningún lugar. Parece un poco abstracto, pero es así. Un rápido resumen es que Avalanches vuelven a sonar a Avalanches. Un sonido que, paradójicamente, recoge préstamos a toneladas y los redispone en este discurso propio -ahora más cohesionado por las colaboraciones vocales- donde el escuchante puede volver a dejarse infectar o darle al coco para intentar pescar referentes y reconocer las piezas del puzzle, algunas más obvias, otras más crípticas. El hummus sónico se mete de lleno en el funk, el electropop, el hip hop (vieja escuela y abstracto), el free jazz, el lo que haga falta. Todo ello adornado por sonoridades y texturas muy variadas, desde destellos de California sound de los 60 hasta arreglos de cuerdas soul, pasando por folk pastoral, toques de música yiddish, easy listening, aromas de banda sonora and whatnot. Una verbena con clase donde tan pronto samplean voces grabadas vaya usted a saber en qué década lejana, como efectos especiales de películas, melodías añejas, rapeos mainstream de derribo o coros celestiales.

Vamos, lo que en aquella época vino a llamarse cut’n’paste y que ahora, con el lógico paso de los años y la evolución y proliferación de estilos disparada, debería recibir un apelativo más acorde. Sí, pero llamémosle como le llamemos lo que era entonces, sigue siéndolo hoy. Quizá su hubiera llegado en su momento, dos o tres años después de Since I Left You, a Wildflower se lo habría tachado de excesivamente continuista. Hoy sin embargo, tenemos que tener en cuenta que la jugada guarda más cantidades de corazón y cariño que de oportunismo revivalista. ¿Los suficientes para justificar la existencia de este disco? Tocará que cada uno decida, que coloque donde mejor le parezca su propio listón de tolerancia respecto a la (enorme) cantidad de trucos repetidos, que piense qué cantidad de coros infantiles puede tolerar, que estudie cuántos litros de acuarelas de colores es capaz de absorber su piel. Y que decida cuánto le compensan los ilustres cameos: Ariel Pink, Danny Brown, Father John Misty, Warren Ellis, Biz Markie o Chaz Bundick, alias Toro y Moi.

Claro que si me preguntan, a mí todo eso me da un poco igual, habida cuenta de que Wildflower, como su predecesor, es mutante, vibrante, divertido, luminoso y technicolorido. Sampleadélico por necesidad, again. Como si siguiéramos siendo jóvenes. Un disco evocador, un chicle bombástico que se hincha como una pompa -y revienta- y que resulta mucho más dulce y radiable que las últimas entregas de, por ejemplo, Animal Collective. Y qué coño, un disco que contiene canciones con títulos como “Colours”, “Zap!”, “Harmony”, “Live a Lifetime Love”, “Sunshine, Light Up” o “Kaleidoscope Lovers” es imposible que caiga mal.