El sueño de todo creador de documentales. Estar en plena grabación y no sólo demostrar la tesis sino darse de narices con un giro inesperado que la multiplica por mil. Josh Kriegman y Elyse Steinbergno quizá no tuvieron tanta suerte como el Andrew Jarecki de The Jinx, pero casi. Se encontraban en el momento justo en el lugar oportuno, grabando para Showtime un documento de redención sobre Anthony Weiner, congresista para Nueva York desde 1999 hasta 2011 que había protagonizado un escándalo al filtrarse una cuasi-dick pic (una foto del miembro) mandada a una chica que no era su esposa. Wiener se estaba rehabilitando, en pleno proceso de reinserción en una sociedad que lo había repudiado. Preparaba una nueva escalada hacia las altas esferas, estaba empezando a poner de su parte a cierto sector del electorado, había logrado convencer a la prensa de que no era un paria, sino un pobre desgraciado con mala suerte pero también un nuevo futuro por delante. En ese momento Wiener se dejaba la vida reconstruyendo su integridad, pero especialmente  disculpándose. Todo un renacimiento propio de ave fénix de la diplomacia americana. Y zas. Vuelve a cagarla. Y de alguna manera Weiner, este Weiner, parece predestinado a estar haciéndolo durante el resto de sus días. Es una épica del perdedor llevada al extremo, la metedura de pata (no precisamente inocente, ni siquiera entrañable como tal) convertida en estilo de vida al pesar de su protagonista. De algún modo Weiner es el personaje cómico definitivo. El torpe gracioso. O no tanto. No es bonito, en el fondo, ser testigos de la humillación pública de un hombre incapaz de mantenerse alejado de los líos, que la jode más día a día, que genera una nueva calamidad cada vez que intenta arreglar la anterior. Que intenta sacar la dignidad de donde ya no le queda, que trata de mantener el tipo ante una esposa agotada, humillada, aguantando estoica no se sabe muy bien qué (aunque no por mucho tiempo), una Huma Abedin que es casi la segunda protagonista del documental. Casi da pena ver durante media película el gesto derrotado de Weiner, su expresión de no poder ya más consigo mismo, de asquearse a pesar de saber que en cualquier momento volverá a hacerlo. Casi da lástima enterarnos también de que el hombre se arrepiente de haberse dejado filmar, que no quiere ni verse en pantalla.

Pero se dejó filmar. Weiner es un disparatado seguimiento de campaña que funciona como algo más que un (hipotético) producto propagandístico. Es un documental irónico, entretenidísimo, moderno en tanto que apuesta por un estilo visual fresco y ágil, pero especialmente en tanto que va a dar con algunas de las neurosis más instaladas en el modus operandi urbanita actual. La incapacidad por mantener los órganos sexuales a ese lado de la ropa interior y de, encima, no lograr impedir que el asunto se convierta en un lamentable chascarrillo en boca de medio planeta.