Tras casi veinte años fuera de radar como combo, vuelven A Tribe Called Quest. Y lo hacen con la potencia muscular de tres elefantes… y el peso trágico de la desaparición de uno de ellos: Phife Dawg fallecía en marzo, antes de empaquetar definitivamente el disco. Responsables de no menos de un par de las grabaciones más importantes de la historia del rap (People’s Instinctive Travels and the Paths of Rhythm, The Low End Theory y Midnight Marauders son impepinables) los de Queens han escupido al ojo de La Parca y han facturado otro disco esencial donde hay sombras pero también luz. Y lo hacen sin renunciar a una fórmula muy oldschool. Esto es rimas rotundas, fondo incendiario y formas eclécticas en la que hay mucho espectáculo sampleadélico y poco prejuicio sonoro. Se demuestra una vez más que el jazz y el hip hop no son dos lenguajes distintos, sino dos formas de expresar uno mismo; que el soul sigue corriendo por las venas; que el ADN contiene varios genes puramente reggae; que el rock nunca está reñido con nada -las participaciones de Jack White y Elton John así lo certifican-. Pero también que el r’n’b urbano actual no es un espejismo coyuntural y que algunos de los nombres del panorama rap del momento llegaron para quedarse: aquí hay no sólo cameos de postín de popes del rap (Andre 3000, los habituales Consequence y Busta Rhymes) sino también de Nuevos Dioses (Kendrick Lamar) y jóvenes hot (Anderson .Paak). Todo en un ejercicio de combate lírico sociopolítico (en la picota la deriva derechista del país desde Trump) que exhorta a la acción (“The Space Program”) celebra la alegría de vivir pero que se muestra sombrío en bastantes momentos (el lamento por la pérdida en “Lost Somebody” y el homenaje final “The Donald”). Un disco que suena clásico pero que tiene perfecta cabida en el panorama actual gracias a una pátina contemporánea de puro intemporal. Y es que en un año en que Kanye, Kendrick y Danny Brown han publicado sus respectivos álbumes-acontecimiento y en que Ka, Skepta, Vince Staples y Chance the Rapper han revalidado su estupendo estado de forma, han tenido que venir estos padres fundadores y escribir la Carta Magna que supone su despedida y les garantiza el derecho a hacerse con el trono de mejor grabación de hip hop de 2016.