En las últimas temporadas el de la esclavitud ha vuelto a convertirse en un tema recurrente dentro de la producción cultural norteamericana, uno de esos asuntos sensibles que periódicamente habrá que volver a examinar, de cara a su siempre necesaria revisión/recordatorio. Hemos visto ejemplos relevantes en todos los campos narrativos, pero concretamente en literatura se han dado algunos ejemplos notables. Sólo en los tres últimos años títulos como The Good Lord Bird de James McBride, The Underground Railroad de Colson Whitehead o El vendido, de Paul Beatty han recibido una acogida crítica excepcional y unánime. Volver a casa viene a sumarse a esta tendencia y, de paso, sirve como carta de presentación de su debutante (y joven) autora, la ghanesa-americana Yaa Gyasi, considerada ya una de las voces más estimulantes y con más luminoso futuro dentro de las letras de principios del siglo XXI. Porque lo suyo es atípico. En fuerza dramática, en sofisticación de estilo, en capacidad emotiva y, especialmente, en arrojo narrativo: Gyasi se lanza al vacío con una especie de novela-río que es más una saga familiar que una historia, digamos, delimitada. Es un recorrido a lo largo de 250 años de historia de una familia -desde el siglo XVIII hasta nuestros días- cuyas dos patas son dos hermanas fante, una en Ghana, la otra desplazada como prisionera a Estados Unidos. Una especie de amplia radiografía, primero de los esclavos en África y el hostil ecosistema humano generado con la explotación por parte de los británicos, pero también los del sur de Estados Unidos. Más tarde del devenir de la población negra tras la abolición de la esclavitud y la llegada de nuevos problemas relacionados con la segregación. La América de Gyasi, a ratos reflejo casi documental de la pura realidad, es un lugar que no ha superado la rémora, que sigue sin aceptar su propia diversidad y que no ha sabido cerrar la herida. No en vano, en los últimos y durísimos compases de Volver a casa la autora da cuenta de las marchas por la dignidad, pero también de las duras reprimendas de los cuerpos policiales. De la búsqueda de la aceptación de una identidad, pero también de la miseria que rodea el pozo de la heroína. Volver a casa traza una enorme parábola, pues, que a ratos sacrifica la identificación emocional con los personajes (algunos de los actores de esta gran historia son casi eslabones de la larga cadena) pero a cambio ofrece una visión profunda, poliédrica y lúcida de dos siglos de represión de todo un pueblo. Eso y uno de los finales más redondos y coherentes de la literatura reciente. Impresiona.

 

Última actualización: 8 octubre, 2017 14:44