Recuerdo pocos inicios de novela tan contundentes como el que se marca Paul Beatty para su ácida, mordaz sátira El vendido. La primera frase del prólogo es, literalmente, “Tal vez cueste creerlo viniendo de un negro, pero la verdad es que nunca he robado nada”. Al final de dicho prólogo, además, descubriremos el meollo moral de todo el asunto: el protagonista de este sulfúrico retrato y feroz sátira del malestar norteamericano es un negro al que van a juzgar por haber esclavizado a un hombre (también negro) y por haber promovido la segregación racial. Cual una versión bronca de Ta-Nehisi Coates, Beatty se convierte en una de las más robustas voces afroamericanas del momento sin escatimar en sorna, en ironía ni en incomodidad para un lector que va viendo cómo se despliega ante él un mundo enfebrecido y surrealista. Un mundo que, debe reconocer, es el que nos ha tocado habitar, lleno de buenas intenciones, malas intenciones, negros chungos y blancos cultivados (y a la inversa), paternalismos y posturas buenistas alejadas de la realidad, emitidas desde un pedestal de seguridad social. Tópicos falsos entorno a los negros, pero también clichés autoafirmados. Beatty repasa las vicisitudes de una vida singular, la del protagonista, absorbida por el furor paracientífico (de un padre alcohólico obsesionado con convertir a su hijo en objeto de un estudio en vivo que ríase usted de la frenología y el poligenismo), marcada por las relaciones sentimentales truculentas y, especialmente, consagrada a la tarea loca de restaurar un pueblo desaparecido para convertirlo en una comunidad de black power terrorífica y segregacionista: “Dickens, el último bastión de la negritud”. La risa. Y es que es este un libro hilarante que vuela (de verdad, atropella al lector) gracias una prosa-terremoto, a un estilo crudo que le hiela a uno el rictus en la cara la inmensa mayoría de veces que se percata de estar riéndose por esta o aquella ocurrencia aparentemente graciosa. Una exhibición de agilidad y brutalidad verbales vertiginosas que conforman un texto magmático que baraja referencias culturales de todo tipo, que resulta sofisticada pero que al mismo tiempo gusta de mandar al traste la sutileza para entra en la parodia abrupta y el caño grueso. Es una terapia de choque lúcida y reveladora contra un sentir social que aún no se ha liberado de los estigmas racistas que a lo largo del tiempo fueron convirtiendo al hombre negro en, alternativamente, una herramienta, el blanco de las humillaciones, un foco de terror social o una buena causa con la que limpiar conciencias.