Para su quinta campaña Veep se encontraba con un problema de complicadísimo pronóstico: salvar uno de los escollos más cabrones con los que se puede topar una serie: el abandono a mitad de camino de su propio creador y showrunner. Antes de comenzar esta tanda de episodios, el ínclito Armando Ianucci abandonaba el barco y dejaba a la presidenta Selina Myer, iracunda líder del mundo libre, compuesta y sin novio. Con un país que gobernar, pero sin el respaldo de su ideólogo creativo. Sin embargo, con la temporada finiquitada podemos afirmar que no sólo los guionistas y el nuevo Jefe De Todo Esto David Mandel han sabido aguantar el tipo sino que además han empaquetado una de las mejores temporadas hasta la fecha, reciclando ingredientes y usando los mismos resortes que hasta ahora, pero destilando una negrura y lucidez a la altura de los mejores momentos de Ianucci. Veep sigue siendo una sátira política de altos vuelos con una personalidad cómica única e intransferible. Un festival de la sorna con timing impecable, de una calidad en la escritura de los diálogos que roza la perfección y un diseño de personajes magnífico. Una implacable radiografía de la vida política de los países occidentales del siglo XXI, especialmente Estados Unidos, capaz de soltar cantidades de veneno insalubres y aun así celebrar el estado democrático. En esta quinta temporada Selina ha crecido en humanidad -se ha enfrentado a más problemas de corte presidencial, personal y sentimental- al tiempo que ha apretado su mezquindad marca de la casa (“Mother”, cuarto episodio y cumbre del presente año representa un new low para la presidenta). Mientras que el resto de personajes han peleado por equilibrar su ratio de dignidad y patetismo. Mención especial para las cuitas de un Jonah Ryan especialmente desdichado y un Tom James que casi, casi ha resultado decisivo, el elenco de secundarios ha vuelto a brillar con fuerza mientras encarnaban todas las virtudes de la política de primera fila actual: incompetencia, prepotencia, hostiabilidad, lameculismo y cuñadismo, con ciertos momentos de honradez y sinceridad. Un panorama desolador pero tronchante, marcado por los hectolitros de ácido de batería con el que viene regado, negrura estructural que ha tenido su cumbre en un final oscuro y deprimente que representa otro gamechange para Meyer.

En definitiva, Veep sigue jugando en las grandes ligas de la comedia actual, a pesar de su discreta popularidad entre el gran público, porque logra articular una visión lúcida y reconocible del juego político, sin plegarse a convencionalismos y sin rendirse a la complacencia. Y porque, digámoslo al fin, tiene como principal cabeza a una de las más feroces bestias cómicas de la televisión actual: Julia Louis-Dreyfus sigue regalándonos personajes para el recuerdo. Si hasta ahora la teníamos en un pedestal, con Veep se nos va al panteón.