A veces, entre tanto triple A de presupuesto astronómico y tanto indie arty echamos un poco de menos las zonas intermedias. Esos videojuegos que no son ni lo uno ni lo otro, que no se rinden a los cánones antropófagos del gamerismo compulsivo y multimillonario ni a los caprichos de autores que operan desde la trinchera de la creación. Esos juegos que, simplemente, ofrecen experiencias sólidas sin necesidad de complicarse mucho en sus magnitudes ni en sus ambiciones. Unruly Heroes podría ocupar ese lugar.

Se trata de un plataformas que buenas a primeras se ha presentado como una suerte de sucesor espiritual de Rayman Legends. La comparación no va desencaminada: varios de los componentes de la desarrolladora Magic Design Studios nacieron o crecieron en Ubisoft Montpellier… y la cosa se nota, tanto en la parte formal (comparte con Rayman una estética casi pictórica, muy atractiva) como en sus mecánicas, basadas en el plataformeo 2D, la acción y los puzles, un poco a lo Guacamelee. Y eso, obviamente, es bueno. No sólo porque reconforta ponerse a los mandos de algo que, de algún modo, ya se sabe cómo funciona. Sino también porque, directamente, esta gente es muy buena en lo suyo.

A partir de las antiguas leyendas chinas entorno al Rey Mono y tomando como referencia el influyente Viaje al Oeste, Unruly Heroes despliega un atractivo imaginario marcado también por el taoismo y conjuga un aparato conceptual no exento de humor y frescura. El jugador puede escoger entre cuatro arquetipos, cada uno con distintos atributos, entre los que puede ir switcheando para resolver las situaciones que se le presenten. Si uno muere en combate, puede saltar al siguiente y resucitar de nuevo al caído. Esto garantiza un juego veloz, muy basado en los reflejos y en las decisiones rápidas. Y recompensa la habilidad con un resultado dinámico, de gameplay colorido y satisfactorio. ¿Aspiraciones artísticas elevadas? Insisto en que no. Y es que Unruly Heroes es un juego que no supone evolución ni revolución, pero que sabe manejar conceptos estándar con tal seguridad que conquista reconfortando al jugador y ofreciéndole profesionalidad y cariño por el medio. Y eso, maldita sea, no es precisamente poco.