Convertido en un icono contemporáneo del videojuego indie, no sorprende el culto que genera a su alrededor la obra maestra de Toby Fox, Undertale. En su momento el sector crítico lo colocó en sus listas de lo mejor del año, pero el favor del público se lo ha cultivado el juego él solito. Y ha sido así gracias a su principal arma: su brutal capacidad para conmover, para emocionar y para despertar sensaciones, cualidades todas ellas que trascienden el apartado visual buscadamente retro, casi feo y estéticamente limitado de una obra que conecta en lo formal y lo mecánico con la era de los ocho y los dieciséis bits (The Legend of Zelda, Earthbound) pero que está recorrida de un humor postmoderno irresistible.

Lo bueno de Fox es que no se escuda tras la coartada postmoderna para construir su discurso, iconoclasta y homenajeador a partes iguales. Se ríe de las convenciones de los videojuegos, de las mecánicas más fundacionales y los elementos estéticos de los JRPG clásicos y las aventuras gráficas. Pero en todo momento parte del respeto y la admiración. Por ello Undertale puede leerse como una gran broma, pero ante todo como una auténtica aventura, que vibra y que emociona. Que se posiciona en lo metalingüístico (en su tramo final de manera extrema) pero no renuncia en ningún momento a funcionar como juego en sí mismo.

Y menudo juego. Uno que más allá de su divertido sistema de combate inspirado en los bullet hell, sus puzles más o menos simples y de su crawleo por mazmorras básicas apuesta por una historia profunda sobre el amor, la amistad, la comprensión del otro y la compasión. Sobre la predestinación y la responsabilidad de las propias acciones, que en este caso pueden conducirnos hacia dos rutas posibles, una pacifista o una genocida, cada una con sus obvias consecuencias derivadas. Un camino que hay que elegir y con el que comprometerse, y que al final del mismo revelará muchas cosas sobre nosotros mismos.

Ese doble camino está sembrado de personajes ultracarismáticos y diálogos memorables, divertidísimos y punzantes. De sorpresas continuas que garantizan esa sensación de que el juego siempre va un paso por delante del jugador, dispuesto a pillarle desprevenido. Y así es hasta un final tremendo, desarmante pero perfectamente coherente. Un giro de calibre sísmico semejante al del final de Braid que convierte a Undertale en algo más que el Monkey Island de la generación millennial. Concretamente en una obra con un posicionamiento moral elaboradísimo. En un videojuego de infinito calado e incalculable valor tanto autoral como artístico.

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