A pesar de que ha mantenido un correcto nivel respecto a la primera, la segunda temporada de Happy Valley nos ha dejado un tanto más fríos de lo que hubiéramos deseado tras su primera y poderosísima campaña, hace un año. Necesitábamos buen drama brit con un punto de feelbad TV que blandiera punzantes dardos dispuestos a ser disparados hacia nuestras propias neuras sociales. Con un nuevo The Shadow Line, por ejemplo, nos valía. Y sí, más o menos eso es lo que nos ofrece ahora Undercover, creación de Peter Moffatt que incide en uno de los mayores vicios del ser humano: la mentira. No desvelaremos, en aras de preservar la capacidad de sorpresa de un producto que raciona admirablemente la información que se le da al espectador, el misterio que se oculta detrás de esta Undercover. Pero baste pensar en su título (“infiltrado”) y en unos protagonistas que parecen llevar una vida bastante adecuada a lo que se espera de la clase media: él es un escritor de novelas de misterio, ella una abogado defensor que está gestionando el caso de un condenado a muerte en Louisiana. En el drama irrumpe el pasado, unos hechos determinantes van revelándose poco a poco y el espectador va descubriendo una verdad más turbulenta que tiene su origen veinte años atrás y que atañe a la policía secreta, a un grupo de reivindicación anti-racista y desemboca en una muerte turbia en el interior de una celda. Parte drama de familia, parte thriller judicial, parte historia policíaca, Undercover dirige su mirada hacia los problemas raciales y la pena de muerte, condenando las malas praxis de un sistema policial y jurídico infectado de prejuicios, intereses y trapicheos. Y lo entrelaza todo con ese drama familiar que está permanentemente sobrevolado por una tragedia latente, por la sensación de que en cualquier momento todo puede saltar por los aires. De que, en fin, la mentira y la manipulación sólo podrán meternos en un agujero muy, muy oscuro.