Uno de los primeros y mejores consejos que se puede y suele dar a los estudiantes de cine es que vean mucho cine. Que se empapen de la narrativa audiovisual y conozcan su historia para, a partir del background adquirido, puedan ir construyendo su propia personalidad fílmica. En una entrevista para La Casa de los Horrores el director tailandés Apichatpong Weerasethakul, uno de los capitales del inicio del siglo XXI, nos afirmaba con humildad apenas haber visto cine en toda su vida. Un dato que, más allá de la curiosidad y de rompernos varios esquemas, puede dar cierta explicación a la singularidad de su discurso, a lo alienígena de sus planteamientos, tan personales como, al mismo tiempo, universales. Sus películas son distintas a todas las que existen, pero al mismo tiempo se sienten naturales, como ligadas a unos preceptos esenciales de la narrativa, de la comunicación, del drama básico y, en este caso, del género (cuasi)fantástico.

Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas queda como la culminación de una racha de cuatro dianas que se iniciaba con su segunda película, Blissfully Yours, estallaba con Tropical Malady y se asentaba con Síndromes y un siglo. Ha habido buenas películas después de esta, claro (el mediometraje Mekong Hotel, el largo Cemetery of Splendour y un puñado de cortos), pero ninguna tan acertada, tan sugerente, tan radicalmente arrebatada y arrebatadora como esta cima del cine contemporáneo. Una película radicalmente engarzada en las corrientes autorales del cine de festival, pero sólo por esta costumbre nuestra de reducir al nicho todo cine que se salga de lo convencional. En realidad es esta una película capaz de acoger a cualquier tipo de espectador, siempre que este se muestre predispuesto a salirse de sus propios esquemas y prejuicios.

Porque su misterio es irrenunciable, y su capacidad hipnótica resulta irresistible. El tailandés plantea una historia abierta, libre, que transita entre realidades sin salirse de la nuestra. Acompaña a sus personajes en un viaje que los conecta con el mundo que los rodea, donde las barreras entre la vida y la muerte han quedado inhabilitadas. Boonmee está a punto de morir. Recibe la visita de sus seres queridos, ahora convertidos en otra cosa, más espiritual, ligada al concepto de la resurrección que plantea el budismo. Y decide recordar esas vidas anteriores que lo conducirán hasta la culminación de la actual, justo en el mismo sitio donde la empezó.

Weearesthakul articula sus temas habituales y los reviste, más que nunca, de un halo de género fantástico: la comunión con el bosque, la desaparición de la barrera entre lo humano y el resto de la naturaleza, la enfermedad como simple estadio del ciclo natural de la vida. Todo ello convive con figuras etéras y espectros palpables. El realizador construye así imágenes fantasmagóricas de una plasticidad fascinante, intentando describir espacios misteriosos en los intersticios de la vida terrenal. Espacios donde se encuentra la modernidad con la tradición, donde el cauce natural de la los sucesos lógicos queda fragmentado (y con ello la estructura narrativa), donde el pasado y el presente terminan formando un todo.

Una película única que llena de una euforia silenciosa y de la que uno sale siendo (un poquito) mejor persona.

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