Unbreakable Kimmy Schmidt se convirtió el año pasado en una efervescente sorpresa. Parecía que lo nuevo de Tina Fey y Robert Carlock tras abandonar el Rockefeller Plaza estaba condenado al fracaso, repudiado por las netwroks y presumiblemente incomprendido por las masas. Pero a estas que llegó Netflix, compró el producto a NBC y zas, en sólo dos temporadas le ha regalado un estatus de culto. Y no es para menos. Porque Kimmy Schmidt no es sólo el remedio perfecto para la pesadumbre de los que nos quedamos huérfanos de Liz Lemon y Jack Donaghy. Es un nuevo hito en una especie de construcción de la marca cómica Fey/Carlock. De entrada esto no parece guardar mucha relación con 30 Rock, pero a poco que uno se adentra en la vida y milagros (cómicos) de esta superviviente de una secta escapada de un búnker (sic) la cosa va mostrando unas cartas muy parecidas a las que ya conocíamos. Y que se han mantenido además de la primera a esta segunda temporada que hace unas semanas Netflix nos lanzaba a cascoporro, a mayor gloria de un memorable binge-watching. A saber: Unbreakable Kimmy Schmidt sigue siendo una encantadora comedia que orbita en un espacio propio. Una metralleta referencial que lanza, de manera más abierta o más velada, guiños constantes hacia la cultura pop. Un delicioso freak show poblado de una panda de personajes tan delirantes como achuchables. Una sátira suave pero hilarante de la vida moderna donde pillan los sectores aburguesados especialmente, pero también los hipsters, la clase media, la basura blanca y, qué narices, todo lo que se pueda poner a tiro. Una comedia aparentemente family-friendly donde convive la ocurrencia idiota con el gag de suprema inteligencia y el metacomentario, los juegos de palabras y chistes verbales con las situaciones-parida brillantemente ejecutadas desde un punto de vista de timing cómico. Y, por supuesto, Unbreakable Kimmy Schmidt sigue siendo ese lugar donde vive el personaje que compone una Ellie Kemper que es todo optimismo, inocencia y sonrisa de anuncio de dentífrico a la que todo el mundo querría acoger en adopción. Puro candor. El feyverso sigue a pleno rendimiento.