En su última película Robert Guédiguian acomete una valiosa empresa. La de dar visibilidad a un hecho histórico aún tristemente obviado, casi ignorado cien años después de la tragedia. Ese genocidio armenio que, por lo demás, no ha tenido apenas representación  cinematográfica más que en contadas excepciones (se me viene a la cabeza el Ararat de Atom Egoyan). Así que bien de partida. Pero surge la duda. ¿Estamos ante un ajuste de cuentas fílmico por parte de un cineasta que, por otro lado, tiene raíces armenias? La respuesta es no, y eso es parte de las virtudes de una cinta interesante a nivel cinematográfico, pero realmente valiosa a nivel ético. Guédiguian no entra al ataque forntal, ni a la soflama directa. Ni siquiera reconstruye los hechos, ni clama justicia. Al contrario, esta historia -inspirada en el libro de José Antonio Gurriarán La bomba– utiliza un hecho, digamos, paralelo (un atentado en los años 70 a la embajada turca de París por parte de un joven armenio se cobra una víctima inocente: un ciclista que queda lisiado) para entrar de pleno en las ramificaciones morales del conflicto. De cualquier conflicto. Desde su manifiesto, el realizador articula reflexiones serias y comprometidas sobre la violencia y su utilidad, sobre la justificación o la condena del uso de la fuerza para defender ciertas causas; Guédiguian adopta, como buen autor, una postura arriesgada, alejada de juicios precipitados. Un punto de vista humanista -capitalizado en gran parte por la madre del terrorista que decide visitar a la víctima- que pone en evidencia la fragilidad de la línea que separa jueces de verdugos, justicia de venganza. Que habla no sólo de las víctimas físicas sino también de las colaterales, las que son presas del resentimiento, la intolerancia y las consecuencias de un genocidio que debe ser recordado, pero que no debe generar nuevos odios. Sin estridencias narrativas y sin grandes despliegues cinematográficos Guédiguian deja clara su tesis. Su intención no es discriminar buenos de malos, ni posicionarse ni crear bandos. Sino sólo enmarcar un odio que sigue latente, que envenena la relación entre las culturas y que sólo puede resolverse mediante el diálogo y la comprensión mutua.