Hace tiempo que Bastien Vivès dejó de ser una revelación. En el tiempo que ha pasado desde que viéramos su primera obra editada en España (si mal no recuerdo, fue El gusto del cloro) el parisino podría haber conservado ese estatus más o menos intacto. El de nuevo autor selectivo y paciente que mide cada paso y mesura cada uno de sus comebacks. Pero no, además de certero el chico es tremendamente productivo, y en todo este tiempo nos ha regalado un montón de obras como autor completo y otras tantas encargándose del dibujo en guiones ajenos. Los resultados han resultado dispares, claro, pero ninguno, ni de lejos, ha sido desdeñable. En el peor de los casos nos ha dejado obras algo intrascendentes, pero divertidas; en el mejor nos ha brindado auténticas delicias que deberían conformar el panteón del cómic europeo actual: El gusto del cloro, En mis ojos, La gran Odalisca o Polina se encuentran entre lo más importante de la BD de principios de siglo, junto con algunas obras de Joann Sfar o Christophe Blain.

Una hermana se encuentra en este grupo. El de las obras imprescindibles en el imaginario Vivès. Un tebeo en el que el simplismo gráfico se encuentra en proporción inversa a las sensaciones que logra transmitir. La sofisticación es mínima -o aparentemente mínima-, el impacto es brutal. Porque aunque su dibujo es cada vez más minimalista la viñeta, el encuadre, la angulación y, especialmente, la expresividad de los rostros siempre saben captar el gesto esencial, la emotividad precisa o la reacción exacta, con ese trazo tan despeinado y despojado de detalle como, al mismo tiempo, milimétrico. Es necesario para abordar una historia que parte de un cliché (el púber Antoine descubre por primera vez el amor gracias a una amiga de la familia tres años mayor, en el transcurso de un verano) pero que sabe llegar a lo más profundo de los sentimientos más esenciales y universales. La historia se sitúa en esa época que precede a la adolescencia, los últimos remansos de calma infantil antes de la furia de la juventud, y se centra en un protagonista que está en el umbral de todo. A medio camino de su hermano pequeño, aún pendiente de sus propios juegos, y los chicos mayores, que despiertan fascinación y respeto; de sus familiares y su primer amor. Y la aproximación, detallista y matizada, está imbuida de una especie de naturalismo rohmeriano. De una cotidianidad veraniega que consiste en ver pasar las horas del día leyendo o armando un puzle y encontrar nuevos misterios (las primeras fiestas, los primeros encuentros sexuales, el primer pitillo) durante la noche. Todo ello capitalizado por un personaje femenino que no sirve como mero catalizador para las inquietudes masculinas sino que tiene vida propia, respira y resulta humana y contradictoria.

Vivès pues, narra con la mayor agilidad, delicadeza, mimo y precisión de la que es capaz. Y despliega una preciosa sutileza que desemboca en un vitalismo que termina, como no podía ser de otra manera, de forma melancólica, esbozando una falsa sensación de final. Y es que esto no es una historia de objetivos cumplidos sino de nuevos horizontes que empiezan a avistarse. En el fondo, tras la última página de Una hermana es donde, para Antoine, todo no hace más que comenzar.