A pesar de su puesta en escena diáfana y su estilo más o menos radiográfico Una no pone las cosas fáciles en sus premisas argumentales. Porque lo que de entrada habría podido pasar como un drama de raíz teatral más o menos canónico se revela pronto como un terremoto emocional de gran magnitud. Y es así porque no se cierra en si misma sino que apela a la conciencia del espectador a partir de un planteamiento inicial tremebundo: un hombre, Peter, recibe en su lugar de trabajo la visita de Una, una mujer treintañera con la que tuvo una relación cuando esta sólo era una niña. Los caminos vuelven a cruzarse, ahora con la niña convertida en adulta y con el recuerdo de todo lo que pasó luchando contra su propia racionalización. ¿Revanchismo, historia de traumas, drama sobre la pedofilia? No exactamente, mucho peor y también más interesante: Peter no es un degenerado, es “sólo” un hombre que se enamoró de una chica demasiado joven. Una no es un juguete roto, es una persona aún tocada por sentimientos muy arraigados. Y ahí se produce el cortocircuito emocional: Peter rehizo su vida, renunciando a su gran amor y tratando de limpiar su conciencia respecto a unas convenciones sociales obviamente durísimas. Y Benedict Andrews no juzga, ni condena ni perdona, sino que pone contra las cuerdas las consideraciones éticas del espectador frente a un hecho a todas luces injustificable cometido sin embargo por un ser humano, no por un monstruo. No victimiza a la abusada, no cae en la demonización desmatizada del abusador y, para más inri, rescata ciertos sentimientos enterrados por el paso del tiempo.

Narrada con una flexibilidad cronológica que permite explicar el presente recurriendo al pasado Una se sitúa entre el drama de cámara, el thriller psicológico y el suspense moral, con Bergman en el retrovisor. Y resulta en una película perversa y perturbadora aun sin apartarse en exceso de lo cotidiano. Sin recurrir al artificio ni a la pirotecnia sentimental, ni mucho menos formal, sacando el máximo partido de dos intérpretes (Rooney Mara y Ben Mendelsohn) notables. Una es, en definitiva, cine del que emociona, aunque no siempre -casi nunca- de un modo reconfortante.