A veces cuando reseñamos historias y hablamos de “miniaturas” quizá nos ponemos un pelín (paradójicamente) hiperbólicos. Como si cualquier producto que apelara a un cierto minimalismo formal ya tuviera que ser observado más de cerca. Pues no, esto es una auténtica miniatura. Último sábado de soledad es un cómic chiquitito en formato, en apariencia (bitonal), en palabras (ninguna) y en argumento (apenas una idea). Y como las mejores y más enigmáticas miniaturas, sí, encierra emociones y sugerencias de gran formato. La historia se centra en un hombre que ha perdido recientemente a su esposa y se propone visitar su tumba en el cementerio para llevarle un ramo de flores. Poco más, así de entrada. Pero es que a poco que uno se sumerge en su lectura fluida y ágil el norteamericano Jordan Crane lo atrapa con un torrente de emociones silenciosas e introspectivas: la soledad que inspira el protagonista, la incapacidad que le deducimos para hacerse cargo de una nueva vida que contiene sólo la mitad de la anterior, el respeto por la muerte, el misterio de la otra vida. Parte de la culpa de que a uno el debut de Crane -que llega varios años tarde y como primera de sus referencias editadas en nuestro país- le pille desprevenido es su cálido apartado gráfico. Nadie diría que una historia de estética cartoon protagonizada por un señor que parece salido de una tira dominical cálida y amable podría encerrar tanta emotividad, tanto dolor y tanta desazón. Es un poco lo que sucede con los tebeos de Raymond Briggs y, como aquellos, Último sábado de soledad se queda dando vueltas y runruneando en la memoria del lector, quizá descubriendo cosas de si mismo que desconocía, quizá escondiéndose para saltar en algún momento inspospechado del futuro. Sea como sea, este es uno de esos tebeos que llegan y ya se quedan.