Si algo ha dejado claro David Lynch a lo largo de toda su carrera es que o hace las cosas a su manera o no las hace. Y que le den al resto del mundo. Su nueva temporada para Twin Peaks, en la que volvió a unir fuerzas con Mark Frost, llegó un poco así. Desoyendo durante años los ruegos de fans que pedían que el director de Terciopelo azul le enmendara la plana a la serie tras una muy mustia segunda temporada… sólo para regresar finalmente un cuarto de siglo después. Y haciéndolo con una nueva tanda que fue no tanto continuación pura como una nueva revisitación de ese universo, una suerte de iteración, de reimaginación descolocante conscientemente confundida en sus cronologías y en sus planos de realidad.

Fue un acto de amor a los fans y una patada a los talibanes de la ficción seriada al mismo tiempo. De buenas a primeras, una obvia reflexión entorno al paso del tiempo convencional en la que irrumpía una voluntad de relativizar y poner en crisis la lógica en el transcurso de los hechos. Lynch y Frost rescataban los personajes, pero les daban nuevos pesos dramáticos en un juego distinto, los hacían partícipes de una especie de teatro de la crisis de identidad y jugaban, con ellos y con el espectador, al despiste total. No fue todo confusión y caos, por supuesto, pero a decir verdad las partes más radicales e interesantes fueron exactamente esas.

Y es que pocas veces hemos visto en televisión semejantes cotas de radicalidad y libertad autoral. Las atmósferas volvían a estar ahí. Los escapes oníricos, los pasajes de pesadilla y el humor negro salvaje, casi dudosamente cómico, también. Pero esta vez los creadores se traían escondida bajo la manga una voluntad de transgresión estilística inaudita. Daba igual si un episodio se mostraba más narrativo, el siguiente podía rozar la experimentación formal, destruir por completo la lógica de causa y consecuencia y basar toda la fuerza expresiva de su contenido en su continente. Lynch de nuevo apelaba más a lo irracional, a lo inconsciente, a lo primario, a lo impulsivo que a lo convencional y comprensible. Un caos que se imponía al orden de manera sutil y progresiva, pero que cuando hacía presa del relato ya se quedaba ahí instalado.

El resultado fue una tanda de docena y media de episodios que evidenciaron el increíble estado de forma de un autor (o dos) que últimamente se resiste a dejarse ver y volvió a confirmar lo que la primera campaña dejó claro desde un principio hace ya casi treinta años: no estamos aquí para saber quién mató a Laura Palmer. Estamos aquí por la seducción de lo desconocido. Y de eso, la nueva temporada de Twin Peaks, vino repleta.

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