Él dijo abiertamente que lo haría. Si le daban una cantidad indecente de dinero David Lynch iba a volver a Twin Peaks. De lo contrario su intención inicial era dejar las cosas tal y como estaban, con una primera temporada intachable y una segunda, según sabiduría popular, más cuesitonable. La cadena Showtime salió al paso, no sin algún que otro traspiés momentáneo, y lo materializó. Más de un cuarto de siglo después de su primera emisión ha vuelto La Serie de los 90 y no por esperada, ni por deseada, se ha confiado en su propio prestigio. Sería raro de una figura como la de Lynch esperar un producto revisionista y estancado en si mismo, especialmente teniendo en cuenta que lo último largo que le vimos fue ese ejercicio (fascinante pero extremadamente hardcore) de abstracción total llamado Inland Empire. Ahora el realizador se ha vuelto a acompañar de Mark Frost para tomar definitivamente las riendas (se desmarcó de casi la totalidad de la segunda temporada) para armar una tercera campaña que, a juzgar por su doble episodio inicial, se situará en un punto creativo intermedio de los dos Lynch, el de entonces y el de ahora.

Así que apenas hay nostalgia inane. Vuelven las sensaciones, el mood, algunos personajes y (parte de) la trama. Pero el ejercicio es de descoloque, no de ligar cabos. Lynch y Frost no resuelven sino que aportan nuevas posibilidades, espaciales y temporales, a una madeja que ya de por si estaba bastante liada, especialmente gracias a los capítulos finales de la anterior temporada, donde el realizador volvía a su famosa habitación roja para encarar a los personajes contra sus propios reflejos, angsts y tormentos. Ahora ese parece ser el centro de operaciones metafísico, el limbo donde definitivamente se encuentra lo que es con todo lo que podría ser. Donde pasado y futuro pierden su relevancia cronológica, el no-lugar que fragmenta el continuo espaciotemporal en una trama donde el doppelgänger va atener una especial fuerza..

O no, porque las cartas aún no se han jugado. Ni siquiera parecen haberse apenas presentado. Habrá regreso a la vida pueblerina de Twin Peaks, a las tartas de cereza, a las sinergias entre personajes que sólo se comprenden bajo un prisma lynch-frostiano. Habrá de todo eso porque de momento ya hay de lo otro: de esa mezcla entre comedia bufa y terror febril, de esos intentos de decodificar géneros como el suspense o el melodrama de los años 50 para reformularlos en algo nuevo, de esa reinterpretación del drama adolescente, ahora vivido por adultos 25 años mayores. De esas interpretaciones desnaturalizadas que declaman diálogos herméticos para describir situaciones abstractas pero comprensibles. Del totémico score de Badalamenti. Y, en general hay mucho de esas sensaciones desasosegantes que tan bien capturaban y transmitían los primeros episodios de la serie.

Un triunfo parcial, pues, que va a necesitar del resto de episodios para tomar todo el sentido (sinsentido si se prefiere) al que aspira. Por el momento nos hemos echado a la cara dos horas de televisión arriesgada, turbulenta, personal, a ratos antipática y a otros hechizante y cautivadora (el final dream pop con unos Chromatics ejerciendo de Julee Cruise en funciones es simplemente sublime). Esta es, en otras palabras, la merecida ración de Twin Peaks que necesitaba todo aquel que siempre haya entendido la serie como algo vivo, orgánico, libre y nunca cerrado o meridianamente comprensible y/o explicable. Desligado de expectativas, ajeno a los ritmos habituales de la narrativa televisiva, de los tropos del género y, en general, de la abulia creativa. Twin Peaks 2017 es, o apunta a ser, el retorno glorioso a un mundo que ahora se revela de nuevo irrenunciable.