Parece que el éxito de crítica motivó el regreso. Hace cuatro años Top of the Lake resultaba en algo más que un flirteo pasajero de Jane Campion con la narrativa seriada televisiva y lo que inicialmente debería haberse quedado ahí hoy, tras el prestigio, ha conocido una más que merecida continuación. Una segunda temporada que retoma al personaje principal, la Robin de Elisabeth Moss, pero la coloca al frente de un caso distinto, esta vez no en un entorno salvaje sino en la más cosmopolita (y bien pensado quizá también más salvaje) Sídney: el que da comienzo con el hallazgo del cuerpo de una prostituta china en el interior de una maleta que reflota en la playa para ser encontrada por unos bañistas. Un pistoletazo de salida más o menos canónico que da pie a una trama criminal no demasiado compleja, no especialmente esquinada. Porque, como cabía de esperar, ello es sólo un macguffin, casi un espejo emocional para el desarrollo profundo del personaje protagonista. Y, de paso, para otro núcleo de personajes que pronto revelarán conexiones directas con la atormentada Robin. No tardamos mucho en ver el entramado sentimental de China Girl: hay prostitución y mangoneos, maltratos y relaciones tóxicas, adolescentes traumatizadas y secretos, pero ante todo estamos ante una historia sobre la maternidad. Todos los personajes femeninos tienen algún problema con la maternidad o la están pasando de manera poco convencional, comenzando por una Robin que, embarazada adolescente, dio a su hija en adopción. Es más, aquí todos los personajes, en general, tienen problemas emocionales.

De hecho parece que, de alguna manera, la propia serie tenga problemas emocionales. Y es que esto se resiste a convertirse en un melodrama familiar tanto como en un thriller convencional: abundantes salidas de tono, quiebros hacia una especie de humor macabro, giros locos y momentos insospechadamente histriónicos esquivan la pura rutina. China Girl juega al descoloque desde un rigor formal casi exquisito, el propio de una Campion (respaldada aquí por el otro realizador en juego, Ariel Kleiman) tan pendiente como de costumbre de violentar desde el sosiego. Una propuesta escénica sólida que se hace rotunda con las interpretaciones de Moss (más inmensa y versátil aún si recordamos que hace nada la teníamos radicalmente distinta en The Handmaid’s Tale), Gwendoline Christie (el otro 50% de la buddy movie más rara posible) y esa Nicole Kidman a la que tan bien le está sentando su rentrée al prestigio desde el margen de la televisión.

Feelbad TV de la buena, la desconcertante y estimulante.