Se acabó. La segunda temporada de Togetherness echó el cierre y con ella toda la serie, prematuramente cancelada por una HBO que no parecía demasiado entusiasmada por los resultados. Una lástima, porque si bien podía volar un poco bajo el radar, durante los 16 episodios que ha durado ha logrado funcionar como un producto elegante, incisivo e imbuido de una rara sinceridad que ha garantizado una poderosa conexión con sus personajes. Ese cuarteto de cuarentaañeros que o bien andaban un poco perdidos por la vida o bien deciden inexplicablemente perderse de repente. Y así esta segunda temporada ha estado marcada por ese montaje de una versión de teatro do it yourelf de Dune (sic) y especialmente por la ruptura de Brett y Michelle, con sus posteriores consecuencias: traumas, reproches y nuevas sensaciones en un momento vital en el que parecía que no tenía que haber ya más. Esto es un producto Duplass (ambos hermanos surgidos del mumblecore producen, Mark además protagoniza) con todo lo que ello implica; ha mezclado sabiamente drama y comedia y ha sabido captar los sentires de este grupo de urbanita algo pijos y reflejar los impactos de ser padre, o de no serlo, a los 40. Y no, no ha sido la mejor serie del mundo, pero ha funcionado como un pequeño viaje que recordaremos con cariño y, supongo, añoranza.
Más concretamente la finale ha servido para ajustar cuentas, ha cerrado tramas y ha funcionado como un resumen de lo que siempre quiso ser la serie: una nueva traslación al ámbito serializado de los principios del cine indie de los Duplass basada en una visión tragicómica de las relaciones sentimentales. En este “For the Kids” ha habido profundidad emotiva, pero sobre todo un toque feelgood, una nota alta (quizá un tanto azucarada) que ha querido dejar a los personajes en un lugar cómodo y medianamente feliz: unidos, fuera bajo las circunstancias que fuera. Al fin y al cabo, esto siempre se ha llamado Togetherness, ¿no? Lo dicho, la echaremos de menos.