Richard Linklater vuelve a sorprender. Lo cual, bien pensado, de por si ya no supone ninguna sorpresa. Si a lo largo de su carrera ha visitado distintos géneros y tonos, e incluso formatos, ha practicado rupturas estilísticas de una película a la otra o ha retomado temáticas o hasta personajes recurrentes para conformar grandes núcleos narrativos (como la trilogía de los amantes Ethan Hawke y Julie Delpy) con Todos queremos algo vira respecto a su anterior Boyhood para retomar las cosas allá donde las dejó hace más de dos décadas con la seminal Movida del 76. Esto se presenta como una “secuela espiritual” ambientada cuatro años más tarde pero que transcurre en un momento vital inmediatamente posterior: si aquella reflejaba el mareo eufórico del final del instituto esta se centra en las horas previas a la entrada en la universidad. Y de nuevo Linklater construye una suerte de fresco humano de estructura casi coral inspirado por, podemos suponer, sus propias experiencias de juventud. Pero lejos de la autocomplacencia, esta es una película empapada de una nostalgia bien entendida y nada estéril. Es decir, aquella que tiene algo de idealista, pero que sabe situarse en la medida exacta entre el homenaje y el enfoque crítico. Que sí, parece puramente lúdica y benevolente hacia el tiempo que retrata, pero que también deja un poso agridulce: la historia transcurre en ese trance entre la fiesta adolescente y otro tipo de fiesta, la que tiene ese regusto al día siguiente de la edad adulta acechando desde la vuelta de la esquina.

Y para que semejante empresa tenga éxito Linklater debe hacer lo que mejor sabe, lo que ha hecho siempre en sus mejores títulos desde Slacker. Hablar desde la franqueza y la humildad, adoptando un tono ligero y fluido pero también tremendamente sincero. El de un tipo que no antepone las situaciones a los personajes. Ni los rostros populares al talento de un puñado de semidesconocidos muy prometedores. Lo cual no quita de que Todos queremos algo sea una película muy cuidada en su puesta en escena y en su personalidad formal. En esencia, el realizador adopta una hiperestilizada visión de los modos del cine universitario de Desmadre a la americana en adelante, juguetea con algunos tropos (el béisbol como campo de batalla/microclima humano) y otroga una importancia capital a algunos de sus elementos más puramente cinematográficos, como la fotografía o, especialmente, la omnipresente música. Con todo, Linklater se desmarca una vez más pero solidifica las bases de su cine más humanista y nos regala una película que si bien no contiene el poso existencialista de Boyhood sí resulta casi igual de emocionante.