En 2015 Kendrick Lamar se hizo dueño del rap. Por supuesto, los puristas del género podrían aducir que ese mismo año otra decena de obras mucho menos mainstream no lograron abrirse camino entre la maraña de lanzamientos comerciales y que no haber encontrado su hueco no significa que no pudieran hacerle sombra al tan cacareado To Pimp A Butterfly. Pero lo que no habrían logrado esos otros discos sí fue la gran baza de Lamar: convertir un álbum impecable de hip hop en un exitazo de crítica planetario. Y aunque ya venía de otra obra (justamente) sacralizada, good kid, m.A.A.d city, aquí pareció volver a sorprender como si no supiéramos de dónde nos venía el chico.

Pero eso era por la literalmente increíble calidad de la obra, no porque el impacto no se estuviera mascando. To Pimp a Butterfly se erigió como el último y definitivo monumento a todo un proceso de autosignificación del afroamericanismo en la cultura popular. Un camino que no debería haber llegado aún a su fin -queda mucho por andar- pero que con la segunda década del siglo (y gracias a movimientos como Black Lives Matter, a la consagración popular de autores como Ta-Nehisi Coates o a la patada en los morros que más tarde supondría el «This Is America» de Childish Gambino) logró un irrenunciable milestone, más radiante aún en la era en la que un loco supremacista se encuentra habitando la Casa Blanca.

Entrando en harina nos encontramos con un disco caleidoscópico. Es negro, muy negro, sí. Pero demuestra que el negro también puede tener infinitas gamas tonales. Por eso aunque el rap vertebra todo el discurso a menudo la cosa vira hacia al soul, el jazz, el funk o -de soslayo- la electrónica. Su lujosa epidermis tiene las texturas hipersofisticadas que le imprimen un puñado de ilustres productores, sastres artesanos de un traje hecho a medida para los mutantes ritmos del de Compton. En esas hechuras sus letras se muestran inflamadas, enrabietadas y siempre sabias articulando ese discurso con un pie en la calle y el otro en los libros. Ello pone orden a su propio caos, da solidez a la anarquía interna de su propia propuesta sónica (invitados de todo pelaje, músicos de jazz imprimiendo clasicismo) y se impregna de una fuerza lírica, física y emocional brutísima.

To Pimp a Butterfly resulta en un disco vivo, orgánico, poliédrico e impredecible. Encendido en posicionamiento artístico y político, mullido en ideas, impecable en ejecución. Y todo ello (o la circunstancia azarosa que fuera, qué sé yo) lo convirtió en un éxito de ventas, de crítica y en impacto popular. Pero su verdadero triunfo reside en su capacidad para seguir resultando confortante e indomable al mismo tiempo. En su potencial para ofrecer vértigo creativo y riesgo sonoro a cada nueva escucha: Lamar se ha pasado el hip hop, pero a nosotros aún nos quedan infinitos replays de su obra magna.

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