Visten de traje y son sospechosamente parecidos a Mulder y Scully, pero en cabezón, como dos bobbleheads merchandising de Expediente X. Están plantados ante un cadáver y todo en el ambiente rezuma un aire de gloria ochentera, pura orgía de en ocho bits, fiesta pixel art. Los personajes, ambos jugables, son dos agentes del FBI que esconden más de lo que dejan ver.

Esto es casi lo primero que nos encontramos cuando nos enfrentamos a Thimbleweed Park, aparente ejercicio de nostalgia que contiene más de declaración de intenciones que de hueca pose retro. Es lo nuevo de Ron Gilbert y Gary Winnick, quienes poseen un muy justificable estatus de dioses del medio: ambos parieron el seminal Maniac Mansion. El primero es también responsable de Monkey Island y Day of the Tentacle. Cuidado. Y Thimbleweed Park es exactamente eso, una especie de salto al pasado, su personal regalo a la parroquia gamer: no os preocupéis; estáis gordos y calvos; viejas y agotadas. Unos treinta años más gordos y calvos, viejas y agotadas. Pero os vamos a hacer sentir como si no hubiera pasado el tiempo y al mismo tiempo como si fuerais bastante más listos que toda la horda de niñatos que ni siquiera saben lo que es una auténtica aventura gráfica al más puro estilo LucasArts.

Bien, pues esto es una auténtica aventura gráfica al más puro estilo LucasArts. Thimbleweed Park desmonta la sofisticación narrativa a la que había llegado el género del point’n’click para volver a todo aquello: es un relato de suspense con un imparable sentido cómico basado en el comentario metarreferencial a todo lo que sus propios autores crearon hace tres décadas. Un festival del guiño que apela a nuestros yóes infantiles -la historia transcurre en 1987- pero no pierde la oportunidad de homenajear al ya inevitable David Lynch (el fofo Virginia debería aprender cómo se cita Twin Peaks sin sacrificar TODO lo demás). Y el resultado es irresistible: una jugabilidad irreprochable basada en la interacción con objetos, el diálogo con NPC’s y la resolución de puzzles. Un apartado gráfico que remite a la época sin ser burdo ni funcional. Y un guión inteligente, juguetón, lleno de buenos personajes y diálogos tronchantes que invitan a dejarse llevar por las opciones más intrascendentes -menos resolutivas- en aras de la pura comedia.

Thimbleweed Park es lo que cualquier nerd de la época podría soñar hoy y a lo que cualquier juego de hoy podría aspirar de cara a ser recordado en el futuro: un bello equilibrio de fanservice y dominio de las mecánicas más esenciales del medio. ¿Suficiente para constituir un buen juego? Sobrado para convertirse en uno de los indies del año.