Había una muy obvia expectación entorno a la figura de Jonathan Blow y su nuevo paso en pos de la conquista del mercado del videojuego independiente. Normal: hace siete años su retoño Braid se convertía en la piedra de toque de los juegos indies, certificaba una nueva manera de enfocar el medio y garantizaba su pervivencia como terreno de expresión artística. Tras el éxito de aquel, Blow se ponía a trabajar en su próxima obra y ahora, tras mucha agonía, finalmente podemos jugar este The Witness. No, a sumergirnos en The Witness. Porque esta es una experiencia total, hipnótica y subyugante, escondida traicioneramente tras la falsa apariencia de un juego para móvil venido a más. Sin explicaciones, sin mediar introducciones ni invitarnos a un café, Blow suelta al jugador in media res, en el corazón de una isla repleta de puzzles en forma de paneles-laberinto basados en la lógica o la observación del entorno. Puzzles tan simples en su planteamiento como lo es el partir de un punto A para llegar a un punto B, pero siempre trazando un camino único que el jugador deberá deducir a partir de las reglas de funcionamiento que haya podido ir asumiendo. Paneles que una vez resueltos desbloquean nuevos paneles, activan resortes, abren puertas o modifican ligeramente el entorno, en un sistema de retos y recompensas tan gratificante como adictivo. Vamos, que lo que hace grande a The Witness no es solamente su radiante apartado técnico (que garantiza una inmersión quitahipo en una isla de reventona belleza), sino la combinación de estímulos sensoriales e intelectuales en un gameplay sencillo y perfecto. Una mecánica que no toma por idiota al jugador, pero que tampoco lo traiciona, que lo guía sin cogerlo de la mano, dejando que aprenda, tenga éxito, se frustre, se sobreponga a su frustración y se frustre una vez más y, tarde o temprano, logre el éxito. Precioso, perfecto, enorme, seguimos hechizados. No es para todos, pero es una obra mayor.

 

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Trailer de The Witness