Hay equipos creativos, pienso en Grant Morrison y Frank Quitely como grandes representantes contemporáneos de ello, que sólo se entienden como tal. Sin uno de los citados, por ejemplo, los Nuevos X-Men no habrían sido lo que fueron. De hecho, así ocurrió: en el momento en que Quitely se ausentó la cosa empezó a fallar, incapaz el escocés de encontrar alguien que reflejara con la misma precisión un ideario estético que casi fue compartido. Es una cuestión de misteriosa sinergia. Y si bien el también británico Kieron Gillen ha entregado cosas interesantes por su cuenta -algunos trabajos para Marvel- es con Jamie McKelvie donde ha encontrado un lugar expresivo cómodo y, de paso, ha firmado sus mejores obras: Phonogram, Jóvenes Vengadores y The Wicked + The Divine.

Esta parte de un feliz high concept muy capaz de hacer estallar algún que otro cerebro: cada 90 años un panteón divino se manifiesta en la Tierra, encarnados sus dioses en el cuerpo de una docena de jóvenes que son convertidos en estrellas del rock. Al cabo de dos años de plenitud e iluminación suprema estos jóvenes mueren. En este contexto Luci(fer) se ve envuelta en un escándalo y termina siendo asesinada, generando una especie de incial whodunit que termina convertido en macguffin. Porque lo que viene después, el enorme culebrón divino que se despliega a partir de los primeros números es, en muchos sentidos -todos positivos- de no creérselo.

Y es así por la capacidad que tienen los autores no sólo de sorprender y maravillar a cada página. De manejar conceptos brillantes articulándolos con ideas chaladas. De alternar momentos de pura psicodelia, giros macarras y subtramas hipersensibles. Sino también, y muy especialmente, de conectar con ciertas sensibilidades que van de la cultura del espectáculo más tradicional hasta la explosión de la hiperconectividad, las sobreexposiciones en una sociedad de la información y el espíritu millennial. En el corazón de The Wicked + The Divine se esconde una historia que enlaza enormes mitologías metaterrenales con pequeños pero intensos sistemas de emociones desencadenadas, justificadas por personajes tremendamente perfilados y creíbles. Dioses que a ratos son bestias, divinidades que no pueden dejar de ser humanos y personas que se codean con fuerzas que las superan.

Con Robert Kirkman en fuera de juego creativo The Wicked + The Divine ha terminado -tras una carrera de 45 números más 6 especiales- convirtiéndose en el buque insignia de Image, una obra monumental capaz de aplastar un corazón humano casi sin proponérselo (o de volar un cráneo con solo chasquear los dedos). Una saga que se quedará aquí, definiendo las postmodernidad en el cómic, acompañando a obras consagradas con las que comparte sin despeinarse impacto artístico y relevancia cultural.

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