La absoluta necesidad que la sociedad tiene de Paul Thomas Anderson es algo que ya tenemos asumido. Cada una de las películas que factura sorprenden, llana y simplemente, por magistrales. Pero la llegada de The Master aún nos pilló en una etapa de “¿pero esto de dónde sale?”, a pesar de haber venido de Boogie Nights, de Magnolia, de Punch-Drunk Love o Pozos de ambición: estábamos descubriendo la inagotable capacidad del director para reescribirse a sí mismo a cada paso y hacerlo con una puntería francamente difícil de creer.

Asombro era, en esencia, lo que nos produjo esta película magnética que jugaba a pillarnos a contrapié durante todo su metraje. La historia de Freddie, un pobre volado que regresa de la Segunda Guerra Mundial y termina en manos de Dodd, un absorbente líder de un pseudo-culto resultaba en un viaje incómodo, apasionante por retador. Impresionante por su arsenal de herramientas expositivas pero desasosegante por el uso que les daba y por lo que contaba con ellas.

Reflejo de la construcción de una sociedad que sólo admite ganadores y perdedores, de los triunfadores y de los que se adaptan o mueren The Master se cimentaba de entrada sobre la trágica peripecia de un tipo perdido, torturado, solitario, que iba a caer a las manos de un hombre construido a sí mismo a partir de su propia sed de control. Entre ambos se establecía una tortuosa relación de poder y sumisión tan eléctrica como la de El sirviente, por poner un ejemplo. Y tan ilustrativa de la cultura del éxito norteamericana que daba miedo: a pesar de estar ambientada en los años 40 y centrarse, tangencialmente, en la figura de Ron L. Hubbard (fundador de la Cienciología), sus recovecos psicológicos eran perfectamente reconocibles. Los de esos personajes que representan la sociedad del triunfo secuestrada por los charltanes, los carismáticos y por esos otros personajes que resultan ser sus víctimas, pobres estúpidos que vagan sin rumbo emocional. La mirada de Anderson era inmisericorde, sí, y en el fondo nos recordaba que incluso esos triunfadores son en el fondo personajes tristes, sin hueco en sus propios planes vitales. Habitantes patéticos de máscaras presuntamente exitosas, pero que en el fondo carecen de la sinceridad casi animal de ese otro ser, bruto y primario, que representaba Freddie.

Los elementos formales, eran, claro, impepinables. No sólo porque el director supo rodearse de nuevo de un equipo a su altura (Jonny Greenwood firmaba una banda sonora rica, expresiva y llena de sorpresas) sino porque, más que nunca, exhibió músculo cinematográfico mediante un extremo perfeccionismo compositivo, de planificación y cromático. De nuevo haciendo de su virtud algo natural: a pesar de que todo estaba calculado obsesivamente no había nada que pareciera impostado. La mejor prueba de ello era el duelo interpretativo que resultaba ser el corazón de la película, ese pulso sísmico que mantenían unos Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoneix en lo más alto de sus respectivas carreras.

Neoclásica y absolutamente moderna, rigurosa en cada milímetro de cine que trazaba pero audaz en todos sus planteamientos narrativos y escénicos The Master era magma en una botella, una animalada emocional contenida en un relato que muy conscientemente echaba el freno de mano en los momentos más inesperados: cuando se desbocaba todo lo que contaba se nos ponían escollos incómodos, se ralentizaba el ritmo y el tempo se ponía contracorriente. El resultado fue una película tan apasionante como incómoda, tan arrebatadora como inaccesible. Y, eso, tan académica como rupturista. Un auténtico pico en una carrera modélica que aún hoy sigue sin conocer el paso en falso.

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