En sus tres escasas decenas de episodios The Leftovers ha tenido tiempo de pasar de los balbuceos titubeantes de sus inicios al golpe sobre la mesa que supuso su segunda temporada, y de ahí al (aparentemente) todo vale de su tercera campaña. Empezó siendo un quiero y no puedo (de algo que le pedía el público, no a si misma), se convirtió en una propuesta tensa y fascinante y ha terminado, porque ahora sí que el cierre es definitivo, por todo lo alto articulando un modus operandi narrativo que parece no quererse deber a nadie. Desconozco si incluso le da morcilla a su original literario, el libro de Tom Perrotta, quien aquí ejerce de cocreador y coguionista. El twist loco se ha terminado apoderando de una serie que, al final, ha acabado siendo más Lost que todos los clones abortados de Lost. Pero si a Damon Lindelof (nexo en común entre ambas) se le pedía allá que ligara todos los cabos que tan descerebradamente iba soltando, acá se lo hemos perdonado todo y apenas le hemos pedido respuestas. Porque esto ha ido de otra cosa. De marcarnos un viaje turbio y viciado a una América perpleja, desamparada, vulnerable y, con ello, necesitada de milagros. Y si la metáfora evangélica era poco sutil hasta ahora, en su tercera temporada el chorro ha ido a caer por el caño grueso. Esto es una interpretación iconoclasta, petarda y delirantemente blasfema de todo el entramado cristiano que ha condicionado el devenir de la humanidad durante el último par de milenios. Pero también, ojo, es un sutil estudio sobre los lazos familiares, sobre cómo buscamos nuestra identidad a través de los que nos quieren o a los que queremos, sobre cómo encontrar nuestro lugar puede terminar siendo el cometido real de nuestra vida. Un reflejo del impacto que produce la supervivencia frente a la desaparición y una reflexión entorno a la culpa y a tomar responsabilidades de nuestros cometidos en este mundo.

Y al mismo tiempo ha sido el retrato alucinatorio de un grupo de personajes irremediablemente jodidos embarcados -especialmente en esta última temporada- en un viaje de fe cuyo inicial high concept ha terminado siendo poco más que un macguffin, el inicio de un proceso más grande que la vida. ¿Grandilocuente? No exactamente. The Leftovers siempre ha jugado al despiste, siempre se ha marcado una finta hacia un lado cuando parecía disparada hacia el contrario. Ha sido preapocalíptica cuando debería ser new age, y a la inversa. Ha sabido centrarse, descentrarse y reencontrar su camino cuando le ha dado la santa gana, desligarse de sus hipotéticas responsabilidades con la coherencia y apostar por sus propios métodos, no por los que le marcaría un espectador ideal. Ha practicado un decompressive storytelling digno de estudio, más una filosofía de producto que un recurso para alargar la historia innecesariamente. Ha jugado al giro bizarro, o a la ruptura de expectativas, a dárselas de relevante para luego enseñarnos el dedo medio en un ejercicio de autoparodia abrasiva. Ha jugado en casa, se ha ido a las Antípodas (literalmente: en la tercera temporada ha habido mucho del Peter Weir de Picnic en Hanging Rock y La última ola) y ha saltado en la línea temporal sin postureos ni gimmicks huecos. Todo ello mientras ha esgrimido una personalidad única cuya vocación disparatada ha sido, sin embargo, unificada y solidificada por sus tres grandes pilares técnicos. Primero una realización soberbia, marcada por el trabajo de directoras y directores tan experimentados y/o interesantes como Mimi Leder, Carl Franklin, Lesli Linka Glatter, Craig Zobel o Michelle MacLaren. Segundo unos guiones de acero en los que ha brillado la construcción de personajes, el desarrollo de un tempo propio y unos diálogos siempre rozando el límite de la cordura. Y tercero un reparto excelente, encabezado por un enfebrecido Justin Theroux y una Carrie Coon que puede, y va a, comerse el mundo: lo que hace en los últimos minutos de la serie es, simplemente, un prodigio.

Ambigua, juguetona, visualmente deslumbrante, perturbadora, absorbente, tristísima al fin, The Leftovers no entrará en la parte luminosa y ortodoxa de la tabla de mejores productos televisivos del presente siglo. Pero ahí está de todos modos, exhibiendo con insolencia su condición de deliciosa rara avis. De inapelable obra maestra.