The Last of Us supuso una auténtica sacudida no solo para una ya de por sí musculadísima Naughty Dog, sino también para toda la industria del videojuego. Tomando como referencia todo lo aprendido con los tres primeros Uncharted Neil Druckmann y los suyos armaron una obra reflexiva en lo temático y contundente en lo jugable, una auténtica lección maestra de lo que tiene que ser un videojuego de disparos en tercera persona, un survival horror de acción y una narración interactiva inteligente, intensa y conmovedora.

Pronto, el periplo de Ellie y Joel en una Boston devastada tras el apocalipsis zombie se instaló en el imaginario colectivo. Sus mecánicas eran rotundas e incontestables. Al esqueleto de shooter incorporaban otros ingredientes ya conocidos pero perfectamente integrados: el sigilio casi imprescindible para no caer en manos de esos zombis animalizados (¿hablamos de iconos? ¿qué tal esos clickers?), el crafteo de recursos y esa fibra de drama de supervivencia donde el terror funciona como hilo conductor, pero también como excusa para contar algo humanamente denso e intenso.

Y es que era gracias al entramado argumental que el juego se instaló definitivamente en el corazón gamer. Su historia, compleja, adulta y madura, escapaba de la tendencia al exploit del cine de pandemias. Se dedicaba con mayor mimo a construir la relación paternofilial que la pura aventura gore. La maduración de Ellie, su conversión de niña a mujer con una responsabilidad sobre sus hombros tenía más peso que sus peripecias. Y el retrato de una sociedad encallecida, a menudo más peligrosa que la propia amenaza zombie, se imponía al espectáculo de acción. Al final, si algo se recuerda más que todo el resto de elementos, eso son los pequeños momentos de intimidad y belleza extraña (cierta jirafa), la relación entre los protagonistas, el progresivo clima en el arco de evolución de Ellie y el dibujo de un panorama humano desolado donde, sin embargo, aún cabía la esperanza y el amor.

The Last of Us fue, además de todo ello, un auténtico monstruo tecnológico. Un último coletazo de una PlayStation 3 que, junto al también esencial GTA V, ofrecía en su canto del cisne, cotas gráficas que parecían reservadas ya para la siguiente generación. La grandeza de exhibir ese músculo técnico, sin embargo, estuvo en su aplicación sobre la parte atmosférica, la expresividad y emoción despachada por los personajes y el environmental storytelling, pruebas definitivas de que en ocasiones el buen rendimiento de las máquinas también puede contribuir en la edificación de grandes tótems duraderos y relevantes. En el ámbito de la ludonarrativa, The Last of Us sigue siendo uno de los más impresionantes.

[Consulta aquí el resto de títulos de nuestra lista de lo mejor de la década]