Por algún motivo no descrito en el libro de estilo que de todos modos tampoco tenemos, en Ubik no solemos indicar el nombre del autor en el titular de las entradas de videojuegos. A menudo me he planteado si cambiar la tónica. Especialmente cuando me echo en cara cosas como The Last Guardian, tan profundamente marcado por la visión personal de un autor con nombre, apellidos, y una legendaria reputación dentro del medio. Fumito Ueda es creador de dos de los títulos esenciales en la Historia del videojuego: Ico y Shadow of the Colossus certificaban desde los fértiles años de PlayStation 2 que el del videojuego no era sólo un lenguaje de la evasión y el hedonismo, sino también un posible vehículo de expresión artística. Así que era normal que tras la publicación del segundo medio mundo estuviera pendiente del siguiente paso del nipón y su equipo. Pero nos han troleado. Y la espera ha sido muy, muy larga. Once años larga. Más de una década que se ha hecho notar. En un desarrollo largo y accidentado, en el impacto sobre una comunidad de jugadores ávidos de una nueva experiencia life-changing y, me temo, en el propio resultado final, lejos en algunos aspectos de la perfección que se esperaba.

Pero hay que matizar. Y tratar de no ponernos demasiado irrelevantes. Que en este caso sería centrarnos excesivamente en cuestiones tan pueriles como el acabado técnico o la potencia gráfica del juego. Empiezo por lo malo: a nivel puramente tecnológico The Last Guardian no es ninguna maravilla. Ello implica cuestiones más pedestres, como que algunas texturas o el framerate (en severas caídas ocasionales) son impropias de la actual generación. Bah. Pero lo cierto es que también comporta problemas más serios, como dificultades jugables provocadas por unos controles toscos, bruscos, obtusos y anticuados y por continuos problemas con los movimientos de cámara. Acostumbrados a algunos robustos títulos de acción y aventuras con una jugabilidad ya a prueba de bombas, The Last Guardian se hace, en algunos momentos, bastante antipático. En otros, directamente, se convierte en una experiencia frustrante capaz de terminar con la paciencia del más entregado. No pocos handicaps para un rosario de imperfecciones que probablemente empujará a más de uno a apearse de la aventura al poco de haber embarcado en ella.

Pero hay truco en esta reseña. Y es que francamente sería una insensatez quedarse en este plano de análisis teniendo entre manos un juego que por lo que apuesta es por la dirección artística (soberbias las animaciones, la iluminación, el diseño de niveles, el uso del color, la belleza del paisaje y de la arquitectura). Y que, especialmente, cree en la búsqueda de la emoción más pura. Vuelvo a Ueda: tanto Ico como Shadow of The Colossus eran dos juegos que trascendían su vocación de entretenimiento pasajero. Ambos se metían bajo la piel y se quedaban con el jugador para siempre. The Last Guardian busca ese tipo de empatía con el jugador. Y la consigue. Porque es pura emoción desbordante, una euforia emotiva basada en una amistad memorable. La que surge entre el niño protagonista (el jugador) y el enorme monstruo con el que emprende una aventura de autodescubrimiento. Trico, un PNJ (personaje no jugable) que se ha colado directamente en la Historia del medio, un enorme bicho que parece el cruce de un perro, un ave y un dragón (o así) y que -ojo porque esto es lo que encierra la esencia de la obra de Uedase siente vivo. Real, auténtico, pensante y sintiente. Trico es -no lo es, pero lo percibimos como si lo fuera- un ser que aprende junto a nosotros, que va conectando con nosotros, que se va compenetrando con nuestro avatar infantil. Una pieza clave para resolver los puzzles, para poder sortear los obstáculos físicos… pero también para ayudarnos a comprender y a enfrentarnos a la inmensidad monumental de ese mundo de poética belleza que tanto remite a Shadow of the Colossus. Para delinear con sensibilidad y lucidez todos los temas que trata el juego, con la amistad como principal leitmotiv.

E insisto, esto es un viaje accidentado. Por cada momento de pura emoción hay otro en el que el juego parece estar roto y el mood general pende de un hilo. Pero es que al final el grueso del juego es muy bueno, y los momentos buenos son sublimes. Mientras que los malos sólo nos recuerdan que nadie es perfecto. Especialmente cuando se emprende una aventura con un objetivo tan ambicioso como aquel al que aspira The Last Guardian: dejar de ser percibido como un producto industrial para convertirse en algo auténtico, vivo, sentimental, trascendente y tremendamente emocionante.