Escrito por Margaret Atwood en 1985, El cuento de la doncella ha terminado convertido, con los años, en un auténtico objeto de culto dentro de la literatura distópica. Como tal ya tuvo una traslación hace casi tres décadas a la gran pantalla, pero parece ser en la mediana donde ha encontrado su auténtico hueco. Hulu propone una adaptación más larga, más lujosa, en el mejor de los sentidos espesa y compleja, y con ella parece que va a llevarse el gato al agua en los repasos de mejores series del año. Por lo menos a tenor de lo visto en un piloto que se ha hecho acompañar en su emisión del segundo y tercer capítulos. Demasiada intensidad en tan poco tiempo. Porque lo que se propone no es precisamente una historia ligera sino una de esas sacudidas del alma que lo dejan a uno para el desguace. Esta es la historia de una mujer que es secuestrada por el Estado e ingresada en una institución donde deberá de ejercer de útero de alquiler. Estados Unidos ha caído en una suerte de dictadura teocrática y bajo los preceptos dudosos de un cristianismo brutalizado las mujeres han sido reducidas justo a eso, a objetos. Sin embargo, nuestra protagonista se negará a servir ciegamente a la causa, resistirá al salvaje lavado de cerebro. Intentará sobreponerse a un sistema que pretende destruir a la mujer para luego reconstruirla en la cultura de la sumisión y la cosificación, la obediencia y la humillación.

De semejantes planteamientos podríamos haber esperado cualquier resultado. Pero lo cierto es que aunque íbamos con cierta predisposición (pintaba a pelotazo ya desde que se anunció) no podíamos esperar resultados tan brillantes. Pero The Handmaid’s Tale es una gozada que se sufre. Se sustenta en una narración esquiva, que salta del presente al pasado (mediante flashbacks que nos muestran la vida de la protagonista antes de ser “secuestrada”) y está impecablemente presentada. A pesar de las potenciales estridencias, el guión resulta sereno y mesurado, y va soltando bombas morales y argumentales con una facilidad aterradora. Sus personajes -liderados por una enorme Elisabeth Moss– se prevén complejos, contradictorios, afines a patrones reconocibles en la vida real. Se desenvuelven entre los silencios, las miradas y los gestos, sutiles o desbocados; gestos que contribuyen a hacer avanzar las ideas y las tramas. Mientras que su apartado formal está regido por el rigor expositivo pero también por una poderosa marca estética: la realización es sólida pero vaporosa, a ratos preciosista, y encierra un interesante tratamiento del color, dominado por los tonos cálidos y apagados, con el predominio de ese rojo oscuro que caracteriza hábito que visten sus protagonistas.

Todo muy de cara para marcar una temporada memorable, que promete capas y más capas de significados. Ahora The Leftovers encara su última temporada, The Handmaid’s Tale se perfila como una alternativa, tan inquietante y desasosegante como aquella. Y sí, también igual de milimétricamente perfecta.