Inquieta un poco pensar que desde un punto de vista de estrategia puramente comercial The Girlfriend Experience probablemente deba más su existencia al éxito planetario de 50 sombras de Grey que a la película homónima que dirigía Steven Soderbergh en 2009. Afortunadamente, a la vista del piloto todas las posibles dudas y reticencias se disipan pronto. Esto tiene poco de producto complaciente y menos aún de falso revulsivo moral destinado a mentes bienpensantes que necesitan una dosis de (ligera) transgresión controlada. No. The Girlfriend Experience apela a impulsos más oscuros y dibuja un retrato de la sumisión sexual consentida mucho más perturbador. Sutil, elegante, pero perturbador: la protagonista es una joven de notable proyección profesional que descubre los beneficios de ejercer de prostituta de lujo. Dinero, claro, mucho dinero, pero especialmente lujuria, absoluta -pero falsa- liberación y una suerte de sublimado autocastigo. Un método perfecto para tapar sus carencias afectivas y de paso descubrir emociones a priori prohibidas. Y el retrato que dibujan con ello Lodge Kerrigan y Amy Seimetz (que escriben al alimón y se reparten las tareas de realización) es duro, pero nunca abiertamente sórdido. Lo cuál duele aún más. Ver cómo Christine anda por una especie de cuerda floja de sus propias elecciones, luchando el espectador por discernir qué es liberación y qué explotación (por los deseos sexuales o afectivos de sus clientes, por la que desde un principio pretende ejercer como su chula) resulta en una experiencia interesante a nivel intelectual pero desasosegante en un plano más emotivo. Especialmente cuando entra en escena el juego de poder y una turbia trama empresarial que se va destapando progresivamente. El enfoque frío y medido de la interpretación de Riley Keough (a quien veíamos encarnando a una de las wives en Mad Max: Furia en la carretera) y el acercamiento quirúrgico y sobrio a la puesta en escena que practican los realizadores echan el resto en un producto que incomoda desde la inteligencia y apasiona desde un creciente malestar.