En un momento en el que el salto de algunos nombres consagrados del cine a la televisión es algo común y corriente, parecía lógico que Baz Luhrmann quisiera encapsular su ideario, barroco y excesivo, en un formato serializado y de mayor duración. Y eso es lo que es, especialmente en su episodio piloto (realizado por el director de Moulin Rouge), The Get Down. Un caleidoscopio estético y referencial que pretende dar una visión de una época no menos technicolorida: los barrios marginales del Nueva York de finales de los 70, olla a presión a punto de estallar preñada de conflictos sociales, choques urbanos, oleadas criminales… pero también crisol cultural y melting pot de estilos musicales que vio nacer la cultura hip hop. Ese es el centro neurálgico de la serie, un enorme fresco de formas excesivas, en ocasiones relamidas, insostenible desde un punto de vista cohesivo de la estética, pero coherente con lo que ha ido demostrando Luhrmann que puede llegar a pasarle por la cabeza. Un documento ficcionado histriónico y polifónico que combina radiografía social, testimonio de la época -trufado de imágenes de archivo-, melodrama artificioso, musical postmoderno, comedia groovy y coming of age. Al mismo tiempo, un producto vivo, eléctrico, pulposo, sustancioso. Retrato idealizado -y que sin embargo se siente veraz- de ese lugar y ese momento, réplica de unas formas cinematográficas donde se encontraban la blaxploitation con el kung fu. Reminiscente del primer (y más vivaz, musculoso) Spike Lee y al mismo tiempo del musical neoyorkino de los 60 y 70.

Así es. The Get Down reproduce un estilo visual muy concreto pero -al contrario que su compañera de cadena, la timorata Stranger Things– ofrece una visión de autor muy marcada. Que gustará más o menos, que irritará en mayor o menor medida. Pero que funciona como discurso donde el medio no es el mensaje, o no solamente: la mímesis de ciertas formas cinematográficas -las citadas y también el cine de pandillas de los 70, con Los guerreros de la noche a la cabeza- es sólo un reflejo natural de lo que quiere contar, y no a la inversa. Un discurso vital y desenfadado, a ratos kitsch, a otros severo, descompensado en el diseño de unas subtramas muy acertadas (la aventura musical de los chavales) que se ven obligadas a convivir con otras más torponas (la de ascenso de nuevo talento al modo de Ha nacido una estrella), pero también marcados por una impresionante pulsión vital, menos rigurosa, más deslavazada, pero también bastante más viva y vibrante que la de la fallida Vynil. Especialmente es así el inflamado piloto (no tanto los siguientes cinco episodios). Noventa minutos descontrolados y caóticos que nos llevan de la mano por ese contexto en el que empezaban a despuntar los primeros MC’s (especial presencia de Grandmaster Flash), en el que unos jóvenes del Bronx con inquietudes artísticas, poéticas o relacionadas con el street art, estaban llamados a cambiar el curso de la música negra. Una panda situada en el epicentro de un torbellino musical que arrastra funk, soul, disco, son latino y jazz. Auténtico corazón de esta serie que zumba incesantemente al ritmo de las calles -bombástica banda sonora- y que representa un maravilloso embrollo, un caos delicioso, un viaje apasionante.