Los primeros compases de The Fits pueden llevar a un cierto engaño. Una niña, estudiante de primaria, se entrena con el equipo de boxeo -exclusivamente masculino- cuando de pronto descubre a las chicas del grupo de danza. Y queda fascinada. Sí, de buenas a primeras esto hace pensar en el mejor de los casos en un drama indie un tanto estereotipado sobre la identidad. En el peor, en una especie de Billy Elliot de los projects de Cincinnati. Y aunque algo de eso tiene, va más sobrada de personalidad que de tópicos almibarados. Y es que la realizadora Anna Rose Holmer, debutante con pulso firme, parece querer adscribirse a ciertos códigos del buenrollismo fílmico para, poco a poco, ir subvertiéndolos sin que se dé uno mucha cuenta. En The Fits lo extraño va penetrando despacito en sus planteamientos iniciales más bien naturalistas. Por unas grietas imperceptibles se le va infiltrando al puro drama escolar unas gotas de suspense hasta que la cosa empieza a cobrar un tono ligeramente inquietante, casi surrealista, visitando algún que otro tropo del cine de terror incluso. Pronto, lo que parecía un sobado relato de coming of age entre estudiantes afroamericanos se convierte en una experiencia mucho más libre. Y aunque el foco es colocado en el mismo lugar (la puesta en crisis de las expectativas que los demás y nosotros mismos tenemos de nuestra propia persona), los métodos son distintos. Lo cual redimensiona los elementos de la narración, llevándolos hacia otros terrenos simbólicos. Véase como ejemplo esos pasillos-limbo, nexo indefinido de unión entre dos estadios casi espirituales (el ring y el aula de baile), aparentemente, sólo aparentemente, irreconciliables. Una puesta en escena que se acoge a las líneas generales del indie aun sin resultar en un ejercicio de preciosismo hueco y una interpretación protagonista impecable -la de la niña Royalty Hightower– terminan de fortalecer el músculo de este semi-crowd pleaser que no teme transgredir su vocación de drama complaciente para dar con algo fresco y emocionante.