Sin que sepamos muy bien de dónde ha salido, el británico Jonathan Entwistle acaba de dar otro golpe de timón a las historias románticas seriadas. Él se encarga de casi todo aquí. La línea argumental sale de la cabeza de Charles Forsman, autor del cómic original, pero Entwistle lo adapta, lo escribe y lo filma con un pulso firme y una envidiable capacidad para, planificación y montaje mediante, siempre resultar atractivo y electrizante. Más cercana al cine que a las convenciones televisivas The End of the F***ing World recuerda en lo temático y en lo plástico a ciertas producciones emergidas en los últimos tiempos del ruedo del indie norteamericano. Lo cuál no quita que esto apele a un binge watching voraz -un puñado de episodios de menos de media hora que se devoran con ansia saturnina- y acumule giros y cliffhangers en perpetua escalada dramática. Pero en cualquier caso esto tiene el peso específico de una historia cortada en ocho cachos, la de un road trip desesperado protagonizado por dos adolescentes que sólo saben escapar hacia adelante. Como todos los adolescentes, vamos. La peripecia de Alyssa y James no es más que un reflejo hiperbólico, pasado por el tamiz genérico de Bonnie & Clyde, del viaje al corazón de las tinieblas que experimentan muchos jóvenes que se ven relegados a los márgenes de sus propios círculos sociales. Ambos son personas que no muestran lo que son, que se esconden tras máscaras arquetípicas cuando en realidad son frágiles (Alyssa) o se creen auténticos psicópatas (James). Dos aprendices de Dexter -también hay aquí una disonancia entre lo que dicen y lo que piensan, narrado en off- que se las dan de tullidos emocionales, tan hostiables como empatizables y que forman parte del núcleo simbólico y emocional de esta historia deslavazada y loca. La de un amor punki y macarra que se sale de madre (como todos los primeros amores, solo que con coches quemados, abusadores asesinados y demás elementos de una fauna británica que parece salida de moteles de carretera de la América profunda) pero que también depara momentos de una delicadeza emotiva desarmante.