Empezó discreta, como un drama familiar a fuego lento que no terminaba de cumplir las expectativas de quien buscara un thriller de espionaje durante la Guerra Fría. Poco más de medio lustro después, The Americans cerraba su andadura convertida en una tragedia de las que se cuecen a fuego lento, colocan sus piezas desde un principio pero sólo van mostrando sus jugadas sutilmente, con ciertos golpes de efecto pero urdiendo un plan a largo plazo. Así fue el drama de los Jennings, aparente matrimonio americano perfecto en los 80 de Reagan cuya cara pública sólo era una fachada de su identidad real: células durmientes del gobierno soviético, agentes letales programados por el KGB. Aún peor: esa fue la tragedia de su hija adolescente Paige -ya nacida americana-, quien pasó de la ignorancia al trauma del descubrimiento y de ahí a la asunción de una nueva identidad que debía unirla para siempre a sus progenitores o bien separarla de ellos irremediablemente.

La evolución de los tres personajes (más el secundario de lujo interpretado por Noah Emmerich y varios personajes de apoyo, como el otro hijo del matrimonio, o sus contactos con el KGB) resultó ser una disección modélica del sueño americano caído y una sacudida sísmica aplicada sobre los cimientos de la familia tradicional. Además de todo eso, sí, la serie de Joe Weisberg, fue un thriller de espionaje de altísimo octanaje, lleno de giros, suspicacias, traiciones y tramas en la sombra. De ajustes de cuentas, reasignaciones letales, exilios forzados y cabezas de turco asesinadas de las maneras más salvajes, una violencia casi siempre implícita, pero que cuando hacía acto de presencia resultaba terrorífica. Un tenso e intenso juego de máscaras que siempre parecía llegar a sus límites sin terminar de estallar del todo… hasta que lo hacía.

The Americans proporcionaba así una reflexión sobre los lazos familiares y las responsabilidades hacia una patria, sobre los finos hilos que sustentan el deber para con una instancia mayor y, especialmente sobre la identidad. La colectiva y la propia: de unos que deben vivir como alguien que no son (el choque final entre las evoluciones de Elizabeth y Phillip es impecable, en parte también gracias a las brillantes interpretaciones de Keri Russell y Matthew Rhys), de otra que está en pleno proceso de descubrimiento de esa identidad, sacudida por una revelación que le cambia la vida. Pero también de los que revolotean inconscientes a su alrededor, meros peleles que viven manipulados e inconscientes, ese pueblo llano que es víctima ignorante de las maquinaciones del Estado.

Es decir, nosotros. Representados como títeres de una magna tragedia contada en voz baja durante seis magistrales temporadas.

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