Aunque hace tres años y medio su piloto presagiaba una serie un poco tímida, The Americans encontró pronto un lugar cómodo desde el que desarrollarse y poco ha poco ha ido solidificando sus planteamientos. De repente, a la altura de su segunda campaña nos dábamos cuenta de que esto podía ser algo muy grande; sospechas que se confirmaban al terminar aquella tanda de episodios. Para su tercera temporada ya afianzó un puesto cómodo entre las mejores producciones anuales y ahora, con la cuarta ya cerrada no hay discusión posible: The Americans es la mejor serie dramática viva. Han sido trece episodios donde se ha alcanzado unos niveles de escritura que rozan lo sublime. Una definición de personajes soberbia, una gestión de la tensión impecable y un planteamiento del drama extremadamente inteligente. Y todo sin alzar la voz ni recurrir a pirotecnia formal, ni siquiera en esos momentos de súbita violencia, brutal pero innegablemente elegante, que se van sembrando a lo largo de la peripecia conspiratoria-familiar de los Jennings. Y aquí la articulación entre thriller de espionaje en la guerra fría y drama familiar ha alcanzado una perfecta simbiosis gracias a la subtrama más potente de la temporada: la participación de Paige, la hija adolescente de los Jennings, en los tejemanejes de sus progenitores. Con ello los guionistas han podido desarrollar y perfilar incluso mejor a los personajes, dotándoles de una gama de grises aún mayor de la que ya poseían.

Paige se enfrenta a la brecha paternofilial más surrealista de la historia de la adolescencia en un camino hacia la maduración atreopelladísimo, mientras que Elizabeth y Philip siguen adelante en su proceso de humanización, tomando más profundidad y matices, pero no necesariamente iluminando sus claroscuros. Situados en una posición de permanente peligro, siempre al borde de la tragedia mientras duermen puerta con puerta con su enemigo (Stan estrecha el cerco cada vez más) en esta temporada los Jennings han tenido que lidiar con la amenaza biológica, las peligrosas relaciones de Paige con el pastor Tim y su esposa y el drama personal de una Martha que ha protagonizado algunos de los momentos más emotivos y con ellos el capítulo más poderoso del año (“The Magic of David Copperfield V: The Statue of Liberty Disappears”). Se han cerrado tramas que conducían a un callejón sin salida antes de que ocurriera el desastre (el asunto Nina) y se han abierto nuevas posibilidades, especialmente en un último capítulo donde las crispaciones entre Paige y sus padres han cobrado un nuevo nombre (Matthew) mientras que paralelamente el primer hijo, ilegítimo, de Philip ha entrado definitivamente en el juego para convertirse en una potencial fuente de cefaleas.

Ha sido una finale de un suspense sosegado que ha terminado de afianzar algunos de los temas que sostienen el entramado dramático de la serie. Las tensiones entre el deber patriótico, la familia, el hogar y el auténtico hogar; entre lo que se es, lo que se aparenta y lo que se cree ser y aparentar (engaño y autoengaño). Todo ha iniciado el camino hacia un punto que se prevé de no retorno. Un lugar que se intuye oscuro y que tiene una perfecta representación en el plano que culmina la temporada, tan sencillo como terriblemente expresivo. Sí, The Americans es probablemente el mejor drama en antena. Y esta ha sido su temporada más potente, lúcida y subreptíciamente tensa hasta la fecha.