No sé si esto es post-postmodernismo o qué es ya. Pero si el cine de la segunda década del siglo anheló ser libre en su articulación de un discurso referencial pero 100% propio no cabe duda que con Tabú lo logró. De primeras, lo que parecía que se escondía tras este ejercicio de formalismo total era un simple juego de referencias estimulantes. La realidad fue más compleja y más sencilla al mismo tiempo: Tabú articulaba esos referentes que conformaron un ADN del cine moderno (el poder de la imagen del mudo, la potencia del guion del melodrama clásico, la voluntad aventurera de la nouvelle vague, la intensidad espiritual de Dreyer) pero los ponía al servicio de la emoción -sentimental e intelectual- más que al del simple namedropping. Y el resultado no era un ensayo puramente académico, ni un estomagante ejercicio de autoría snob. Sino, simplemente, eso: una película emocionante, estimulante y singular capaz de tocar la parte del cerebro adecuada a cada persona particular.

Cuesta de explicar cuál es el tuétano que recorre la columna vertebral de esta película porque, insisto, Tabú jugaba a la pura evocación. Se podría tirar del hilo de la historia romántica, del viaje de aventuras, de la comedia pintoresca y de la exploración de la psique humana en distintos contextos (de lo urbano a lo exótico), en una linea temporal que unía el cine antropológico de principios de siglo, con el pop sesentero y la radiografía social contemporánea. Todo ello encajado en una historia bipartita que empezaba en lo terrenal y terminaba virando hacia lo ideal, hacia una especie de representación buscadamente artificial pero también titntada de un poderoso sentimiento de melancolía: el viaje hacia una África cuya exploración era idealizada y puesta en crisis al mismo tiempo.

En lo formal el director Miguel Gomes se mostraba tan riguroso como lúdico. Moviéndose en las coordenadas estilísticas (todo la amplias que pudieran ser) del blanco y negro suplantaba a los grandes del documental antropológico y natural (del propio Murnau hasta Painlevé), tomaba algo del impresionismo francés, del naturalismo renoiriano y la posterior nouvelle vague (homenaje explícito a Anna Karina incluído) y lo engarzaba en un todo solidísimo, particularmente sabroso. Cambiante en texturas, ritmos, tonos y géneros. Increíblemente excitante con unas herramientas aparentemente modestas pero logrando resultados insobornables en su poder de fabulación, sugerencia y creatividad.

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