Annie Clark, aka St. Vincent, entraba en los dosmildieces por todo lo alto con Strange Mercy y ha salido de ellos a un nivel de calidad parejo con Masseduction y su contrapartida Masseducation. Pero fue a mitad de la década cuando alcanzó su mejor momento creativo en un álbum que conjugaba desnudez (lo tituló homónimamente) con la culminación en la evolución de su personalidad hacia algo muy distinto de aquellos inicios austeros. Y esto se reflejaba a la perfección en un sonido más sintético que nunca pero que no perdió la electricidad guitarrera, creando ambos estímulos una argamasa disco rock excitante.

La colección de temas que propone St. Vincent es magnética, los ritmos sinuosos, las letras chisporroteantes, cargadas de esa mala leche e ironías marca de la casa. Los estribillos, irrenunciables, material de single casi todos ellos: los que lo fueron, como “Digital Witness”, son cimas del pop contemporáneo tintadas de ese retrofuturismo que parece marcar la agenda estilística de gran parte de la música popular del momento. De algún modo, escuchar de nuevo este disco es comprobar aquella vieja máxima que afirma que un gran disco es el que parece ofrecer cosas nuevas cada vez que se vuelve a él. Y este lo ofrece al mismo tiempo que parece no perder ni un ápice de visión de futuro.

Y es que aquí todo es memorable, cada cosa a su manera: hay espacio para baladones juguetones (“Prince Johnny”, “I prefer Your Love”) e himnos del guitarreo electro (“Regret”), jugueteos con el funk y el soul, un inicio provocativo (“Rattlesnake”) e incluso uno de los versos más deliciosamente trashy que jamás hayan abierto una canción, ese Oh what an ordinary day, take out your garbage, masturbate que preside “Birth in Reverse”. Si el punk tiene que mutar hacia algo de cara al futuro, desde luego es hacia esto.

Y a pesar de su aplastante autoridad creativa, o quizá gracias a eso, Clark ya es una diva del pop con medio pie en lo millennial. Y parece que no pretende pararse aquí. Su empuje y personalidad siguen siendo arrolladores, pero si todo eso proviene de un impulso definitivo, este fue el que le brindó este irrenunciable St. Vincent. Infinitamente sexy.

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