Gozosa, expansiva miniatura jugable, nadie se debería esperar un gran despliegue formal y técnico al probar Spaceplan. Mezcla de aventura galáctica y juego de estrategia, esto es un clicker puro y duro (cuanto más pulse uno la pantalla, más se le recompensará), pero su esqueleto narrativo está recorrido por un guión brillante, divertidísimo, y por una filia (para)científica que termina de darle un lustroso empaque. La cosa va de una prospección espacial: se trata de recabar información sobre un planeta sobre el que orbitamos, para lo cual necesitaremos una ingente cantidad de… patatas. Patatas que funcionarán como satélites (el juego de palabras “Spud-nick” estaba a huevo), como sondas, como material energético y de protección. ¿Por qué? Y por qué no. Por el bien de la comedia, supongo. La GLaDOS patatiforme se sentiría orgullosa. Y es que hay mucha coña en Spaceplan. En sus planteamientos conscientemente tontorrones, en su ligera excentricidad, en sus giros absurdos y sus textos irónico-eruditos se agazapa el fantasma de Douglas Adams, quien probablemente, y sólo por chinchar, le esté metiendo el dedo en la nariz al de Kubrick. Eso mientras leen, y conscientemente malinterpretan, a Stephen Hawking: a pesar de que las mecánicas se mantienen inmutables (pulsar y más pulsar la pantalla para conseguir vatios que nos permitan construir cachivaches-patata) a medida que avanza la historia la cosa va tomando un cariz cuántico, entra en juego teoría astronómica más avanzada y la aventura termina derivando en un pifostio meta-loquesea. Todo para reflexionar entorno a la pequeñez del hombre frente a los eventos cósmicos, a la carrera científico-técnica y a la necesidad de creernos acompañados en el universo este nuestro. Insisto en que sí, quien se enfrente a Spaceplan se va a hacer un hartón de ametrallar la pantalla del móvil clicando una interficie minimalista. Pero será por una buena causa: este es el clicker con patatas más cool, inteligente, adictivo y estimulante jamás creado.