Desde Norma Rae hasta La fábrica de nada. Las reacciones organizadas hacia la explotación laboral han dado buenos réditos creativos en el cine. El alzamiento contra el corporativismo malvado suele funcionar no sólo como (necesario) instrumento crítico sino también como vehículo catártico. Siempre es bonito ver alzar los puños de insignificantes davides contra pérfidos goliaths. Y lo que hace el rapero Boots Riley en su loco debut cinematográfico es colocar a su protagonista en el ojo de la tormenta: Cassius, afroamericano, acaba como teleoperador por pura desesperación, logra medrar gracias a su celebrada “voz de blanco” y termina en un incómodo lugar entre sus reivindicativos compañeros y los lujos de una vida burguesa fácil.

Pero esto está lejos del Laurent Cantet de Recursos humanos o los Dardenne de Dos días, una noche. A Riley no le interesa el naturalismo y lo que hace es construir una especie de fábula bizarra que tiene parte de comedia chiflada y parte de distopía ballardiana. ¿Es esto una especie de ciencia-ficción de bolsillo? No, pero no hace ascos al fantástico, aunque lo usa en su favor para construir la caricatura grotesca que se propone: el giro que precipita el tercer acto es un what the fuck equino con todas las de la ley. Así que si tenemos que decidir qué es Sorry to Bother You quizá conviene inclinarse hacia lo desnaturalizado: una sátira psicotrópica del corporativismo caníbal y todo lo que su existencia conlleva.

Desde este prisma Riley dispara a bocajarro decenas de ideas entorno a varios temas centrales: la lucha sindical, el conflicto de clases, la condición afroamericana y el racismo, el compañerismo, los trabajos basura, la desaparición de los principios éticos. De hecho, en su frenesí venenoso el autor da la sensación de, en algún momento, morder más de lo que puede masticar (no puede reprimir raciones de ácido hacia la telebasura y la cultura del espectáculo barato o comentarios sobre la esclavitud). Pero se le permite dada la naturaleza punk de su relato, reforzada por un aparato formal que juega con las apariencias y apela a un idealizado coolness de la cultura afroamericana. Como si Michel Gondry hubiera intentado hacer un remake de un joint ochentero de Spike Lee, o hubiera sido fichado para realizar un capítulo de Dear White People.

Como sea, un debut poderoso, refrescante, tronchante y, al final, muy malrollero.