Por el simple hecho de haber dado brillantísima continuidad en los últimos diez años a un corpus literario tan valioso como el que estuvo construyendo en los treinta anteriores, Ian McEwan merecería estar en esta lista de destacados. Pero eso sería un poco servil por nuestra parte. La realidad es que el británico se ganó mantener intacta su reputación en la segunda década del siglo gracias a obras como Operación Dulce o La ley del menor. Y muy especialmente esta Solar, que parecía destensar algunas cuerdas (desde luego no resultaba tan grave como, por poner un ejemplo, Expiación, hasta el momento su mejor novela) para tocar otras teclas. Distintas pero lúcidamente coordinadas en melodías quizá más alegres, pero igualmente maravillosas.

Aquí incurría en uno de los tropos de la literatura anglosajona contemporánea para proceder a la deconstrucción, análisis y reconstrucción a partir de lo que quedara más o menos reconocible: la figura del intelectual en crisis. El señor socialmente cómodo que, en realidad, sigue viviendo de las rentas de un pasado más luminoso: su juventud, su vigor intelectual y sexual o sus valores orgullosamente izquierdosos heredados de una época en que la izquierda de verdad se enorgullecía de serlo. En el caso concreto de este Michael Beard, físico, se trataba de un premio Nobel que supuso el cénit académico e inevitable nueva cumbre que volver a coronar. Al no conseguirlo Beard se convertía en un tipo acomodado y acomplejado al mismo tiempo, rendido a su propio hedonismo y ajeno a cualquier tipo de ética personal.

Un protagonista al borde de la decadencia, más preocupado por las faldas -fracasado en sus cinco matrimonios pero desesperado por el sexo- que por su propia dignidad que parecía condensar en sí mismo la bipolaridad de una sociedad que quiere aparentar preocupación pero que no es capaz de renunciar a su propio egoísmo. Más concretamente McEwan apuntaba al cambio climático, a la posibilidad de usar energías renovables (concretamente la solar) y al inmovilismo de ciertos estamentos políticos con respecto a todo ello. Y usaba, para representar tal panorama, ese humor tan británico, tan suyo, más acentuado aquí que nunca: a ratos Solar resultaba una novela tronchante. Por lo menos cuando no era escandalosamente hiriente. O cuando no se ponía técnica. O cuando no rompía sus propias intenciones de género que le conferían un carácter de puzle de tonos casi tan volátil como la sociedad que pretendía satirizar.

Si el cambio climático sigue marcando la agenda sociopolítica -por lo menos así debería ser en los años venideros- Solar se postuló como su más punzante y divertida radiografía literaria: irónica, cínica, punzante y, en el fondo, alarmante.

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