No rebaja tensión dramática Silicon Valley en su cuarta campaña. Tras casi un lustro de vida sigue siendo una de las comedias más endiabaladamente inteligentes de la televisión. Una que, además, tiene la virtud de hacernos sentir inteligentes a nosotros, unos espectadores que, por otro lado, deberíamos tener todas las de perder en el pulso de la empatía hacia esa tropa de ratones de biblioteca digital. Pero ese es el primer gran triunfo de la serie de Mike Judge. Que a pesar de hablar de una panda de nerds neuronalmente hipertróficos que luchan por cortar el bacalao en el entramado digital global, siempre conectamos con ellos. No son aspergers geniales, no son geeks cuya vida es una enorme partida de rol regida por dados de 64 caras, no son ratas de laboratorio encabritadas en demostrar más inteligencia convencional (o menos inteligencia emocional) que el espectador. No caen en el facilón y cansino síndrome de Sheldon Cooper. No, son personas reconocibles, freaks odiables, o abrazables, u hostiables, sí. Pero con reacciones humanas y que se mueven por impulsos humanos: el deseo de encontrar un lugar en el mundo. La amistad. En esencia de ello habla Silicon Valley. De la amistad. Y del negocio. Y de cómo ambas suelen tener una relación turbulenta. La sucesión de ascensos y caídas de Pied Piper o de sus miembros en particular ha seguido con el ritmo habitual en su cuarto año, movida por alianzas, lógicas o insospechadas, por rupturas y derrumbes emocionales. Explotando, y mejorando, su ya tradicional esquema de David contra Goliat, refinando su visión ácida de las startups y de los neogeniecillos del negocio en Silicon Valley. Las luchas a muerte, empresariales y tecnológicas, los tirayaflojas monetarios, pactos y traiciones. Y en ese modus operandi se han dado momentos absolutamente memorables: el breakdown de Richard, las negociaciones con Gavin Belson -y su salida y retorno triunfales-, Dinesh teniendo que (casi) lidiar con los límites de edad en Internet, el Shazam de comidas de Jian Yang… y Haley Joel Osment, todo él.

Un sistema de personajes glorioso que hace tiempo encontró un tono y un enfoque milimétricamente afinado y que, con ello, sigue arrojando resultados óptimos en episodios de una altura cómica y con un nivel de compromiso hacia el espectador espectaculares. Y que siga. Muchos pulgares hacia arriba.