Si inicialmente Silicon Valley nos llevó a pensar que podía ser algo así como la cara classy y sustanciosa de Big Bang Theory, su tercera temporada ha confirmado que Mike Judge y los suyos no se andan con tonterías: aquí hay geeks, humor corporativo, surrealismo, comedia stoner y sátira de un mundillo, el de los desarrolladores tecnológicos y los nuevos genios del contexto digital, las startups y las plataformas de comunicación de última generación. Pero también hay muchísimo rigor dramático y un trabajo de escritura sólido y poderoso, a años luz de cualquier sitcom de network más o menos oportunista. Y sí, en su tercera temporada Silicon Valley ha jugado en casa. Su plantilla de personajes ya está fijada y sus caracteres funcionan como un reloj complementándose a conveniencia en función de los vaivenes de la trama y de las necesidades de la comedia. Y lo que es más importante, el modus operandi de la estructura dramática está perfectamente afinado en una especie de “modo acción-reacción” en virtud del cual los momentos en que los personajes reciben una hostia esta poco después es contrarrestada por otro ramalazo de genio que en ocasiones desemboca en un momento de euforia contenida. Así cada episodio de Silicon Valley ha sido una pequeña odisea épica en miniatura donde los tipos de Pied Piper han tenido que luchar contra sus propias cagadas y contra la bota aplastante de sus gigantes competidores (hasta el final, Gavin Belson los ha puteado y ha comido mierda a parte siguales). Y en esencia han tenido que comprobar por la vía fea que aquí al final lo que termina imponiéndose, por encima de contratos, de becarios, de outsourcing, de alianzas turbulentas, es el núcleo duro de trabajo. O lo que es lo mismo, la amistad de cinco tipos que no tienen la receta del éxito, pero sí de la genialidad. Una fuerza intelectual y emocional que debería conducirlos a lo que parece el motto global de la serie (resumido en una línea de diálogo en el capítulo final): “controla tu propio futuro”. Silicon Valley al final va de eso: de darle la patada a los de arriba para ocupar un lugar propio en el esquema de tu vida. Seriaza y temporadón.