Una década después de que estallara entre la cinefilia europea (fue en 2007 con la extraordinaria 4 meses, 3 semanas, 2 días) a la nueva ola rumana casi la podemos calificar de cualquier cosa excepto, quizá, de eso. De nueva. No nos pillan con la guardia baja ya porque nos han malacostumbrado: desde entonces (desde antes en realidad) ha sido constante el degoteo de propuestas que van de lo interesante a lo excepcional -más o menos a dos o tres por temporada- firmadas por nombres ya esenciales del cine contemporáneo: Cristian Mungiu, Corneliu Porumboiu, Radu Jude o Radu Muntean han rodado sólo en los últimos dos o tres años joyas tan estimulantes como Aferim!, Scarred Hearts, Los exámenes, El tesoro o Un piso más abajo. Y claro, en esa tesitura le teníamos ganas al retorno de Cristi Puiu, responsable de una de las películas más rotundas de la filmografía rumana, La muerte del señor Lazarescu, quien se mantenía un poco apartado desde su anterior Aurora. Ahora Puiu ha regresado y ha vuelto a poner patas arriba a los sectores más selectos de la crítica: éxito ruidoso en Cannes 2016, en dupla con Los exámenes, donde parecían favoritas para una Palma que, sin embargo, se terminó llevando la desvergonzada y mediocre Yo, Daniel Blake. Pero Puiu renovaba su prestigio.

Aquí el realizador nos incrusta en el centro de una familia reunida en ocasión del fallecimiento del patriarca para desarrollar una especie de loncha de costumbrismo neorrealista que pretende explicar las alegrías y miserias de cualquier grupo social en la Rumanía contemporánea: alguien nos asegura que esto es una especie de comedia melancólica, o de radiografía socarrona, pero por aquí fluyen el rencor, la miseria y los problemas del pasado mal solventados. Una especie de claustrofobia psicológica que se ve reforzada por la propuesta formal de Puiu, casi enteramente basada en los interiores y cimentada narrativamente en virtuosos planos secuencia, milimétricamente coreografiados, que paradójicamente apelan a la austeridad y que nos llevan de aquí para allá, mezclándonos con hombres que cuñadean y hablan de política internacional ante un vaso, haciéndonos partícipes de secretos que salen a la luz, echándonos a la cara, con gran sutileza, toneladas de violencia interna. Pero todo está controlado, apenas hay gritos explícitos en Sieranevada, todo es cercano al espectador de algún modo u otro. No importa que no se le expliquen pormenorizadamente los conflictos, o que los personajes no sean desnudados, estas casi tres horas de tragicomedia familiar se las manejan para resultar entretenidas y dolientes al mismo tiempo. Universales y a la vez tremendamente personales.