Mucha confusión había (y probablemente habrá) entorno a la cuarta temporada de Sherlock. De entrada, el especial que la precedía, el muy brillante “The Abominable Bride”, se lanzó hace más de un año. Por otro lado, no se ha llegado a aclarar aún si es este el fin de la serie, si no va a haber más temporadas. Algo que probablemente estará directamente ligado a las audiencias, cada vez más bajas y en una sangría de espectadores que ha llegado a sus mínimos en el tercer y último episodio. Un capítulo que, para terminar de redondear el desconcierto generalizado, trae de cabeza a una BBC dispuesta a saber cómo demonios se filtró desde Rusia a Internet un par de días antes de su emisión. No pocos quebraderos de cabeza para una temporada que llegaba obligada a hacernos olvidar el bache terrible de la anterior, una caída estrepitosa de la calidad que marcaban las dos primeras campañas.

El resultado tras esta última tanda de tres episodios ha sido, como ya marcan los cánones de la serie, irregular. Un primer episodio (“The Six Thatchers”) descompensado y a ratos irrelevante nos dejaba con mala espina y confirmaba la tendencia: que, sin renunciar a su amor por el personaje y al universo Conan Doyle, Steven Moffat y Mark Gatiss han decidido cambiar el planteamiento inicial de serie más procedimental con una esporádica trama horizontal por lo contrario. De este modo la tercera temporada y especialmente esta cuarta han sido presentadas como entes con mucha más continuidad, con un recorrido mayor. Pero también con un diseño de tramas episódicas mucho más endeble, menos depurado. A mi entender, lo que hacía grande a Sherlock era presentar de manera rotunda un caso por semana para a partir de ahí, en ese entorno controlado, poder describir unos personajes fascinantes y poder desarrollar sus relaciones. Ahora los casos en cuestión son incluso anecdóticos y todo el esfuerzo está concentrado en el artificio de una historia que cada vez pretende ser más compleja pero resulta un pelín más vulgar.

A decir verdad artificio es una palabra que le sienta bastante bien a la serie. Si bien nunca había sido precisamente el paradigma de la sobriedad expositiva, la sobrecarga formal ha ido en aumento con el paso de los años. Concretamente esta cuarta temporada tiene algunas soluciones formales muy bien resueltas. Pero muchas otras acusan una tendencia al histerismo, al subrayado, un tanto irritante. El planteamiento va acorde con la hiperactiva mente de su protagonista, claro, pero en ocasiones (casi siempre, a decir verdad) su voluntad de epatar eclipsa las posibilidades narrativas que brinda jugar con la sugerencia y la sutileza. Y es que si antes Sherlock era una serie sofisticada en la construcción de sus guiones cerrados, cada vez parece distanciarse más de eso y buscar una sofisticación mucho más global, pero también más pretenciosa y agotadora.

No obstante sigue siendo (o terminó siendo) una serie más que interesante. Y si bien el primer episodio de la temporada nos ponía en estado de alerta, los dos siguientes -“The Lying Detective” y “The Final Problem”- han dejado las cosas un poco mejor. Especialmente porque han servido para cimentar el gran centro emotivo de la serie: sus personajes; concretamente su pareja protagonista, Holmes y Watson, más la injerencia del hermanísimo Mycroft y la fantasmal presencia de un Moriarty desaparecido pero igual de insidioso. Sherlock ha terminado siendo básicamente, pues, su serie, la de ellos dos como dos individuos y como dúo. Lo que fue siempre, al fin y al cabo, el corazón de la creación de Conan Doyle: en ellos se centra esta temporada, en su caída como equipo y su posterior resurrección. Una historia de amistad y complicidad que culmina en el último episodio, por otro lado un bombástico juego del gato y el ratón que sirve como gran resumen de la serie: hace minería en los recuerdos de sus personajes -donde incluso cabe el Rosebud personal de Holmes-, está lleno de puzzles narrativos altamente sofisticados, tiene un montón de momentos brillantes que se combinan con otros francamente ridículos, se encadenan trampas mentales marcadas por los dilemas morales (el recurso “¿a cuál de los dos salvarás?”) y la manipulación. Y en algunos momentos logra ir un paso o dos por delante del espectador, como en los mejores tiempos de la serie. Justo antes de que el artificio, los subrayados y los twists forzados impusieran su avasallador modus operandi formal.

Así las cosas esta presunta última temporada no nos ha devuelto a los momentos de gloria, pero por lo menos ha servido para recordarnos que Sherlock fue, cuanto menos, un espectáculo de gran factura y un entretenimiento siempre atractivo punteado por abundantes momentos de genialidad narrativa. Ahora tocará esperar que Gatiss y Moffat cambien de aires y sepan sorprendernos de nuevo con algo totalmente distinto. Si hacen uso de su incontestable sabiduría literaria y ponen todo el amor que han vertido en esto, la cosa sólo puede salir bien.