Imponente. Otros calificativos podrá recibir esta novela gráfica densa, ambiciosa y, en cierto modo, descompensada. Pero al final lo que termina quedando en el paladar y las retinas es esa sensación. La de encontrarnos ante una obra majestuosa. Y es fácil cagarla cuando se apunta tan alto en un género tan complicado como el de la ciencia-ficción, ejem, cerebral. Pero el grenoblois Mathieu Bablet va a lo bruto y se sale con la suya en parte gracias, seamos sinceros, a un apartado gráfico sencillamente espectacular. Es abrir este lujoso tomo (encuadernación preciosa de Dibbuks, por cierto) y comprobar que lo que nos aguarda es un viaje visualmente abrumador. Una sociedad distópica encapsulada en una estación espacial y una colección de paseos siderales que beben de referentes mayores: aquí hay Blade Runner, hay Akira, hay El Incal. Pero Bablet sabe parecer único con un dominio del paisaje y la expresividad que quita el hipo. Con un detallismo tecnológico y una creatividad en el diseño de naves, estructuras arquitectónicas y trajes espaciales soberbio. Y no se queda ahí. El trabajo cromático es igualmente espectacular, cimentado en la idea de que cada escena aparece dominada por una gama de color (de azules, verdosos, grises o amarillos), con lo que el resultado resulta atractivo incluso hojeando el libro. El resultado: el francés logra transmitir la soledad cósmica, la pequeñez del ser humano frente al universo, el frenesí urbano de una colonia machacada por el capitalismo, la esperanza y el pesimismo. Sólo por eso Shangri-La merece el paso por caja.
Pero, ¿y la historia? Pues bien, ahí es donde el conjunto encuentra alguno de sus peros: el argumento está cuidadísimo y sabe manejar con fluidez su propio balanceo entre lo global y lo minimalista. Se centra en personajes interesantes y plantea cuestiones de auténtica relevancia. Pero quizá presenta demasiados temas. La narración apenas desfallece en ningún momento, el pulso de Bablet es firme. Pero quizá le pierde su propia ambición alegórica. Si bien la historia empieza como una especie de conundrum fantacientífico pronto empieza a entrar en escena una cierta voluntad crítica hasta que, en cierto momento la cosa parece saturarse. Como si el autor no supiera exactamente donde parar de sugerir temas y cuándo empezar a mostrar de verdad, de modo que la historia de náufrago espacial pronto se revela como una crítica al corporativismo caníbal y al consumismo más salvaje un tanto obvia. Luego introduce una parábola del racismo, habla del control social y la revolución del pueblo. De la manipulación de los mensajes, de la instrumentalización del sexo, del afán tecnológico más potencialmente destructivo, del complejo de Dios, del maltrato animal desde las grandes multinacionales, de la violencia de algunos impulsos primarios. Se plantea si el fin justifica los medios y se pregunta qué hace humanos a los humanos. Una densidad temática, en fin, que recompensa al lector con una lectura siempre entretenida pero un tanto abigarrada y que convierte a este en un tebeo al final lúcido e inteligente, pero, ante todo, en una experiencia visualmente alucinante.