Ya tuvo película y ahora vuelve en formato serie. No hace ni dos décadas que Daniel Handler publicaba la primera de las novelas de una serie que se alargaría hasta la docena larga y que se convertiría, en este relativamente breve tiempo, en toda una institución en la literatura infantil y juvenil. Una carrera editorial sólida que, lo dicho, encuentra un epílogo en esta miniserie de ocho episodios armada por Netflix. Un divertido juguete (un poco) perverso que toma las directrices del relato clásico dickensiano para pasarlas por un filtro Roald Dahl. Es decir, fantasía infantil protagonizada por tres hermanos sin padres que van a parar a un cuidador chiflado y siniestro, un conde Olaf que cambia el rostro de Jim Carrey por el de Neil Patrick Harris. Un ejercicio lúdico que aúna un guión lleno de giros teatrales, una galería de personajes bizarra y unos cuantos kilos de chispa infantil. Aderezado con una puesta en escena buscadamente artificial, con un diseño de producción cuidadísimo como de cuento infantil troquelado, de fantasía gótica post-burtoniana. No en vano Barry Sonnenfeld se encuentra detrás del aparato visual, barroco y recargado pero siempre diáfano, en un nuevo salto del director hacia el mundo televisivo desde la ya lejana Criando malvas (sí, Pushing Daisies). El resultado, sin deslumbrar, resulta divertido y sofisticado. Con un cierto nivel de autoconsciencia, el mismo Lemony Snicket (trasunto del propio autor) nos guía -como un moderno Rod Serling– por un relato con varias capas de metalenguaje. Una aventura donde cabe la comedia negra, la aventura juvenil, las ocurrencias perversas y el humor más físico. Los disfraces patilleros, las interpretaciones desnaturalizadas y un Neil Partick Harris que parece haber nacido para esto.
A Series of Unfortunate Events es, en fin, un estupendo entretenimiento para toda la familia. Siempre que la familia en cuestión encaje en un cocktail en la Mansión Addams o se identifique con los tipos que debieron abandonar a Tim Burton en su cuna en el cauce de un río cuando era un bebé. Si es que eso ocurrió alguna vez, claro.