Sabrina no habla de Sabrina. Habla de todos los que la rodearon, especialmente ahora que ha desaparecido. Sabrina es un simple macguffin, un detonante para un revuslivo, para que un racimo de personajes colindantes se enfrenten a su propia soledad, al vacío, a la futilidad de la vida y a su propia mortalidad. Este es el inicio, convencional pero potente, de un drama de fuego lento que supone el regreso de Nick Drnaso tras la aclamación global que le supuso su Beverly. En lo formal Drnaso sigue la línea marcada por el anterior: trazo limpio, claro, minimalista incluso. Colores llanos de tonalidades pastel. Planificación tan sobria que parece casi vanguardista en su uso de los tamaños de viñeta, los puntos de fuga y perspectiva y las geometrías. Un trabajo de narración visual no siempre supeditado al texto y donde los silencios y los gestos son tan definitivos como las palabras. Sí, Sabrina vuelve a entrar por los ojos con su atractivo planteamiento visual de lo extraordinario convertido en asfixiante cotidanidad.

Pero donde duele de verdad la obra de Drnaso es en lo que cuenta. La desaparición de Sabrina pronto se convierte en un fenómeno mediático, en un tema sobre el que todo el mundo parece sentir que tiene derecho a opinar. Y empiezan a surgir los conspiradores, los acosadores, los cazadores de noticias. Los de las amenazas, los que dicen defender una supuesta verdad, los que se sienten ultrajados por un suceso que, aseguran, es montaje. Los opinadores de Internet, los foreros y los que montan espacios dedicados a su propio ego con la excusa de estar informando a un pueblo que estaría engañado por los poderes fácticos. Todos actúan a costa y en contra de la familia, de los que rodearon a Sabrina, aún aturdidos por lo que están viviendo, necesitados de encontrar un significado a todo lo que ha ocurrido, aún pendientes de ordenar sus propias vidas. Un escenario que parece de distopía futurista pero que pronto reconocemos como algo muy familiar, surgido a raíz del descontrol de una sociedad hiper-interconectada donde todo el mundo puede tener opinión, pero casi nadie, en realidad, la suficiente autoridad como para que esta sea respetada.

Una hiriente, lúcida, incomodante visión de la vida occidental contemporánea en forma de cuento de terror que nunca se sale de los márgenes de lo plausible. Tremendo, obra maestra.

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