¿El primer Red Dead Redemption (2010), su segunda entrega o GTA V (2013)? Sirva esta entrada para reivindicarlos a todos, porque cualquiera de estas tres obras han servido para mantener, en la década que ahora abandonamos, a Rockstar en el olimpo de las desarrolladoras de juegos triple A, en un trono que, como mucho, tiene que compartir con Naughty Dog. Cualquiera de los tres podría haber estado presente en esta selección, porque los tres fueron títulos que superaron todo lo establecido, que revolucionaron, que ensancharon el lenguaje del videojuego comercial, que derrocharon fuerza bruta en lo técnico y apostaron por tamaños inabarcables en mapas llenos de cosas interesantes que hacer. Nos quedamos con Red Dead Redemption 2 por ser el más maduro de todos, el más sutil, riguroso y precioso de los tres. Pero quede claro que cualquiera de ellos es material para una selección de lo mejor de la década. De lo mejor de la Historia del medio.

Funcionando al mismo tiempo como una ampliación, una depuración y una precuela Red Dead Redemption 2 seguía los pasos de otro cowboy memorable, más aún que el protagonista (que también aparecía aquí) de la primera entrega. Arthur Morgan no sólo resultó más profundo que John Marston, sino que condensó mucho mejor el gran mensaje de la saga, esa reflexión entorno a la madurez, la vejez y el final del un modelo. La epopeya de Rockstar era la de la fundación de la nueva América, ese cambio social que dejaba atrás el lejano oeste para abrazar una suerte de sociedad moderna, algo más civilizada, más centrada en la ciudad (Saint Denis, suerte de Nueva Orleans de bolsillo, bullía de vida en contraposición a la soledad inmensa de las praderas).

Y sobre esa gran metáfora que vehiculaba todo el (enorme) relato Dan Houser y los suyos contruían un impecable homenaje al western en toda su extensión, apelando a los grandes argumentos del género, evocando algunas de sus más bellas imágenes y sugerencias narrativas y articulando, con todo, una historia tan magna como detallista. Una contradicción manejada con exquisitez y que marcaba el corazón de un juego que, pese a todo, pese a sus atracos, tiroteos y timbas de poker, pese a sus momentos de acción chiflada, hablaba de la soledad inherente al gran héroe americano tradicional (el mismo que construían Ford y Wayne en Centauros del desierto). Lo cual convertía una superproducción en algo rarísimo en su concepción de triple A y único en su ejecución. Porque Red Dead Redemption 2 apostaba por la calma, por el cuidado y el mimo hacia el personaje, hacia el entorno, la naturaleza y el resto de seres humanos y animales: incluso cazar era un ritual bruto, ceremonioso y sanguinoliento. En su megalómana concepción era una oda al detalle, a la intimidad, a la constancia.

Terminó siendo una aventura estremecedora de una madurez asombrosa. También un portento tecnológico, claro, pero cuyo budget, talento desmedido y (por qué negarlo) injustificable crunch laboral terminaron sirviendo a la causa de lo que ya es una catedral del videojuego y uno de los mejores westerns neoclásicos contemporáneos, sin importar el medio.

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